Vicente Ferrio

Vicente Ferrio

Fundador de sincronizatutalento.com

En muchas organizaciones, el crecimiento ha dejado de ser la consecuencia natural de una estrategia para convertirse en una respuesta automática. Se aprueban nuevas líneas, se abren mercados, se despliegan metodologías, se anuncian “transformaciones” y, sin embargo, el clima interno no es de avance, sino de inquietud: la sensación persistente de que “todavía falta algo”.

Cuando esto ocurre, conviene preguntarse si estamos creciendo para construir o para no parar.

Cuando la búsqueda se convierte en sistema

A esta dinámica la llamo síndrome del buscador aplicado a la empresa. En la vida personal, el buscador vive con la carencia de fondo de que se acostumbra a buscar lo que le falta, a sentir que la respuesta está fuera y a entrar en una búsqueda impulsiva que promete alivio inmediato. En la organización sucede algo similar, pero con indicadores, presentaciones y planes a doce meses donde se confunde movimiento con dirección y se persigue “lo siguiente” para aliviar la ansiedad de no estar donde “deberíamos” estar como compañía.

El síndrome del buscador no aparece como fragilidad; aparece como energía. Por eso es tan difícil detectarlo. Se aplaude la velocidad, se premia la iniciativa y se interpreta la actividad como compromiso. El problema es que el exceso de búsqueda suele ocultar un déficit de criterio. Se ve en portafolios que crecen sin cerrar, en prioridades que se reescriben antes de que tengan tiempo de producir resultados y en equipos que dedican más tiempo a realinearse que a ejecutar. También se ve en el “sí a todo” corporativo como la incapacidad de renunciar, de decir “no” a tiempo, de mantener una decisión cuando el ruido de fuera aprieta.

El “objeto brillante” y la falsa promesa

En ese contexto, la empresa se vuelve vulnerable al síndrome del objeto brillante: lo último y lo mejor —una tecnología, una tendencia, una estructura— se presenta como solución total. Dura unas semanas. Después reaparece la misma inquietud y la organización necesita otra novedad para no enfrentarse a la conversación de fondo: qué somos, qué no somos y qué estamos dispuestos a dejar de hacer para ser coherentes.

Validación externa y miedo

La raíz del síndrome suele combinar dos fuerzas. La primera es la validación externa que nos empuja a decidir para gustar a los demás. Gustar al mercado, al inversor, al competidor, a la narrativa del momento. La segunda es el miedo. Miedo a quedarse atrás, a parecer irrelevantes, a reconocer que existe un desajuste entre expectativas y realidad. Crecer, entonces, se convierte en una especie de anestesia. No se crece desde el deseo y la visión, sino desde la urgencia de tapar un vacío.

El coste invisible del “sí a todo”

El coste es alto y, a menudo, invisible. Se paga en foco, porque cuando todo es prioritario nada lo es. Se paga en talento, porque la dispersión sostenida agota más que la exigencia: cansa trabajar en iniciativas que no cierran y en promesas que se reinician. Y se paga en credibilidad, dentro y fuera: si cada trimestre hay un nuevo “gran plan”, la gente aprende a esperar el siguiente, no a comprometerse con el actual. La organización pierde la capacidad de mantener una dirección.

Del impuso al criterio

¿Se puede salir? Sí, pero no con más búsqueda. Se sale cambiando el sitio desde el que se decide, es decir, pasar de buscar por impulso a descubrir con intención y, en consecuencia, a “buscar solo lo importante”. Esto exige tres movimientos. Primero, definir una estrella polar operativa (no un eslogan), un criterio que permita decidir qué entra y qué no entra en el trimestre. Segundo, institucionalizar la renuncia: hacer explícito qué se detiene, qué se pospone y qué se elimina, porque la estrategia se demuestra tanto por lo que descartamos como por lo que anunciamos. Y tercero, recuperar una cadencia de cierre, esto es menos frentes abiertos y más finalizaciones medibles, con aprendizaje incorporado.

La pregunta final es sencilla y exigente. Antes de aprobar la próxima iniciativa, conviene pararse un momento y preguntarse si esa decisión nace de una dirección clara o de la ansiedad de no estar donde “deberíamos”, y por eso necesitamos seguir buscando algo más.