Javier Fernández-Pacheco

Profesor de EAE Business School

Cuando yo era joven, la soberanía energética de una familia no se decidía tanto en los despachos ministeriales ni en los consejos de administración de las eléctricas como bajo las faldas de una mesa camilla, con su modesto brasero de picón, al que de vez en cuando se le daba una vuelta con la badila para reavivar las brasas. Varias generaciones compartían el mismo aire templado mientras fuera caían chuzos de punta. Aquello no era un prodigio de la tecnología, pero sí un monumento a la eficiencia doméstica: calentar el espacio mínimo indispensable para asegurar la supervivencia con el menor recurso disponible. Cuarenta años de integración europea y globalización después, el viejo continente entero podría necesitar su propia «mesa camilla» globalizada para capear los próximos meses.

¿Qué tenemos que capear?

A principios de 2026, la Unión Europea aprobó la prohibición permanente de las importaciones de gas y Gas Natural Licuado (GNL) ruso con un calendario que finaliza el año próximo. El problema es que, al cortar ese cordón umbilical, nos enfrentamos a unas necesidades energéticas ciertas, con un abastecimiento que quizás no es tan claro. En este caso, la chispa que encendió las alarmas justo antes de empezar la primavera no viene de las estepas siberianas, sino del Estrecho de Ormuz. Y esa chispa puede acabar acarreando un recalentamiento tanto del coste del gas como del crudo y, por ende, de la energía en general. Como bien han podido comprobar todos los que hayan cogido el coche este verano. La misma tensión que dispara el gas también encarece el crudo, y con él, el surtidor. Si sigue en esta senda, más de uno se planteará volver a la mesa camilla para ahorrar en calefacción y destinar ese ahorro a la gasolinera.

¿Andamos mejor en nuestro rincón de la Península?

Durante años, Europa y España miraron hacia otro lado mientras compraban gas barato. Sin embargo, el mapa de nuestros suministradores ha sufrido grandes cambios en los últimos tiempos. Argelia se ha consolidado, a pesar de los problemas diplomáticos, como nuestro principal suministrador de gas, y Estados Unidos ha ganado terreno con fuerza a través de sus envíos de GNL. Sin embargo, lejos de reducirse, las importaciones de gas ruso han repuntado con fuerza a lo largo de 2026, hasta el punto de convertirse en algunos meses en nuestro segundo suministrador, por delante incluso de Estados Unidos. Y aunque hayamos querido diversificar nuestra cartera para evitar depender de Moscú, seguimos tan expuestos a las tensiones en Oriente Medio como a un proveedor que la propia Unión Europea pretende vetar.

El fantasma de los tipos de interés

El calor del encarecimiento energético amenaza paradójicamente con congelar los mercados financieros. Hace apenas unos meses, los analistas daban por hecho una senda rápida de bajadas de tipos de interés por parte de los bancos centrales. Pero la energía descontrolada resucita el peor fantasma de la macroeconomía: una inflación que se resista a bajar y que en España se está mostrando especialmente persistente. Esto podría obligar a instituciones como el Banco Central Europeo a mantener una política monetaria restrictiva, encareciendo el crédito, reduciendo de forma sustancial la cantidad de dinero en circulación en la economía y atacando de esta manera a la inflación. ¿Quién sufrirá más especialmente una subida, o una menor bajada, en los tipos de interés? Pues cuando el coste del dinero se dispara, a quien más afecta es por un lado a las economías con mayor endeudamiento. Ejemplos como Italia, España o, incluso, economías tan lejanas como la japonesa. Lo que nos da una idea del alcance global del problema. Y por otro a aquellas industrias denominadas «de crecimiento». Inversiones que esperan dar sus frutos en un futuro más o menos lejano.

El invitado de piedra: la Inteligencia Artificial

Así las cosas, este invierno energético puede afectar fuertemente a un sector que pocos habrían asociado al mercado del gas hace unos años: la Inteligencia Artificial y los microchips. Primero por el coste de financiación de las infraestructuras necesarias en un entorno de tipos de interés creciente y segundo porque la fiebre del oro de los algoritmos y la IA generativa requieren un insumo físico, mundano y brutal: electricidad. Según estimaciones de la consultora Gartner publicadas este año, el consumo eléctrico global de los centros de datos crecerá un 26% en 2026, alcanzando los 565 teravatios-hora (TWh). La escala es descomunal: los servidores optimizados para IA representan ya el 31% de este consumo.

¿Por qué es esto un problema si se acaba desatando una crisis energética?

Porque tras realizar inversiones mil millonarias en potencia de cálculo, ahora hay que darle energía a esa potencia de cálculo para que funcione. Y alguien tiene que estar dispuesto a pagar el coste de esa energía. En un invierno de vacas flacas energéticas, la IA no compite contra otros algoritmos, sino que compite directamente contra la calefacción de una familia en Alemania o el tejido industrial de una pyme en España por el mismo kilovatio-hora disponible. Un análisis reciente del Banco Central Europeo advierte de que la creciente demanda de los centros de datos, si se cubre con centrales de ciclo combinado a gas, podría presionar los precios de esta materia prima. La soberanía tecnológica, por tanto, ya no se mide únicamente en patentes o líneas de código, sino en megavatios garantizados. Si la industria digital no puede moderar su consumo de electricidad, necesitará de alguien que pague la factura. Quién sabe si dentro de unos meses necesitaremos volver a usar la mesa camilla en nuestro hogar para, desde ella, subir a redes sociales los posts generados con la inteligencia artificial más avanzada.