Rafael Somonte, director general y director técnico de Dominio de Tares
Dominio de Tares celebra 25 años como una de las bodegas pioneras del Bierzo, un territorio al que contribuyó decisivamente dando prestigio a la Mencía y firmando vinos que marcaron a toda una generación, como su reconocido Cepas Viejas. Desde El Bierzo hasta Pajares de los Oteros, donde la bodega trabaja con la Prieto Picudo y ha recuperado viñedos centenarios, su trayectoria ha estado ligada a la identidad del territorio y a la puesta en valor de variedades históricas. Al frente está Rafael Somonte, ingeniero técnico agrícola, enólogo y maestro cervecero, con formación internacional en ESADE, el WSET y el Instituto de Masters of Wine, y experiencia en bodegas de referencia mundial como Bodega Contador y proyectos en Nueva Zelanda. Su recorrido, que empezó en la bodega familiar fundada en Asturias en 1956, aporta una mirada amplia y técnica a un proyecto que combina raíces, innovación y una sólida visión de futuro.
Dominio de Tares celebra su 25 aniversario como una de las bodegas pioneras del Bierzo. ¿Qué papel ha tenido Dominio de Tares en el impulso de la Mencía y en la proyección del Bierzo en estos 25 años?
Dominio de Tares nació con una idea muy sencilla pero muy ambiciosa para su época: demostrar que la Mencía y los viñedos viejos del Bierzo podían dar vinos con identidad, finura y una personalidad comparable a la de las grandes regiones del mundo. Cuando empezamos, casi nadie hablaba de la Mencía en términos de calidad; hoy es una de las variedades más reconocidas del noroeste español. Creo que una parte importante de ese cambio se debe a aquellos primeros vinos que elaboramos con una filosofía muy clara: viñedo viejo, mínima intervención y expresión pura del paisaje.
En estos 25 años hemos trabajado para abrir camino: recuperamos fincas históricas, impulsamos un estilo de vino que puso al Bierzo en el mapa y ayudamos a que muchas personas —consumidores, distribuidores y prescriptores— miraran hacia esta región con otros ojos. Nuestro papel, al final, ha sido el de ser persistentes: creer en el potencial del Bierzo antes de que fuese evidente para todos y mantener esa convicción hasta hoy. Y lo más bonito es que, a pesar de lo conseguido, sentimos que seguimos empezando y que este territorio aún tiene mucho más que mostrar.
Desde su visión técnica y empresarial, ¿cómo se mantiene la identidad de una bodega sin dejar de innovar?
Para mí, mantener la identidad de una bodega sin dejar de innovar significa tener muy claro qué no puede cambiar y qué sí debe cambiar. La identidad está en el origen: en nuestros viñedos viejos, en la Mencía y en la forma de entender el vino desde la pureza y el respeto al paisaje. Eso es intocable.
A partir de ahí, todo lo demás debe evolucionar. Innovamos cuando afinamos la interpretación del viñedo, cuando trabajamos con más precisión, cuando ajustamos la vendimia, la maceración o disminuimos el uso de sulfuroso. Innovamos también en cómo contamos el vino, en cómo nos relacionamos con quienes nos beben, y en cómo hacemos que una bodega con 25 años siga conectando con las nuevas generaciones sin perder su alma.
Creo que la clave es esa: identidad firme con técnicas flexibles. Si sabes quién eres —y qué quieres expresar como bodega—, entonces innovar no te aleja de tu esencia, sino que te acerca cada vez más a ella, aunque sea de otra manera.
¿Qué supone recuperar viñedos centenarios de Prieto Picudo y qué potencial ofrecen para el vino leonés?
Recuperar viñedos centenarios de Prieto Picudo es, en primer lugar, un acto de responsabilidad con el patrimonio vitícola leonés. Son fincas que han sobrevivido más de cien años porque tienen algo especial: suelos pobres, equilibrio natural, cepas que producen poco, pero con una singularidad única. Cuando trabajas una viña así, no solo elaboras vino; rescatas una parte de la memoria de la zona.
Desde el punto de vista enológico, el potencial es enorme. La Prieto Picudo de cepa vieja tiene una tensión natural, una acidez vibrante y una elegancia que no siempre se aprecia en plantaciones jóvenes. Da vinos profundos, puros, con una identidad muy marcada, y además encaja perfectamente con el estilo contemporáneo: frescura, estructura fina y capacidad de guarda.
No se trata solo de producir un gran vino, sino de mostrar que en León hay un patrimonio vitícola capaz de emocionar y alcanzar el máximo nivel mundial. Recuperarlos es mirar al futuro desde las raíces.
¿Cómo influye su formación internacional y multidisciplinar en su manera de liderar una bodega con historia?
Mi formación internacional y multidisciplinar me ha enseñado algo fundamental: una bodega con historia se lidera sin imponer ideas o preconceptos, sino ampliando la mirada. Haber trabajado en distintos países, estilos y culturas del vino me ayuda a cuestionar todo, a no dar nada por hecho y a incorporar técnicas o filosofías que enriquecen lo que hacemos aquí. Pero siempre desde la esencia del Bierzo y del proyecto.
Esa mezcla de experiencias me permite equilibrar tradición y precisión. Por un lado, respeto absoluto al viñedo y al legado de la zona; por otro, herramientas modernas para afinar cada vez más los vinos. Y a nivel humano, me ha dado más sensibilidad escuchar, entender y crear un equipo de trabajo en Dominio de Tares, que es la clave de nuestro éxito.
Tras su experiencia en Nueva Zelanda y otras regiones, ¿qué hace único al Bierzo frente al resto del mundo?
Después de trabajar en Nueva Zelanda y en otras regiones del mundo, te das cuenta de que el Bierzo tiene algo que no se puede copiar: una combinación irrepetible de paisaje, clima y viñedo viejo. Aquí confluyen influencias atlánticas y mediterráneas, suelos de pizarra— y una viticultura histórica en laderas que obligan a trabajar con sensibilidad. Esa mezcla crea vinos frescos, profundos y llenos de matices.
Además, el Bierzo tiene una identidad emocional fuerte. Es un mosaico de pequeñas parcelas heredadas durante generaciones, cuya escala humana se nota en los vinos: son vinos de lugar y de sus gentes.
Comparado con regiones más jóvenes, el Bierzo ofrece algo que hoy valoran mucho los grandes mercados: identidad propia. Vinos que no se parecen a nada más. Y eso, en un mundo donde muchas zonas tienden a estandarizarse, es un tesoro.
Creo que lo único del Bierzo es su capacidad para emocionar sin levantar la voz: elegancia natural, paisaje puro y una historia que se siente en cada botella.
¿Cómo conectaría los vinos de Mencía o Prieto Picudo con el estilo de vida de los consumidores más jóvenes?
Creo que la clave para conectar la Mencía o la Prieto Picudo con los consumidores más jóvenes es mostrarles que estos vinos encajan perfectamente con su forma de vivir: son vinos frescos, vibrantes y con personalidad, que encajan igual de bien en una cena con amigos o en un picnic.
¿Cuál será la próxima apuesta de Dominio de Tares en sostenibilidad, enoturismo o nuevas experiencias?
Nuestra próxima apuesta va a seguir una línea muy coherente con lo que somos. En sostenibilidad, nuestro foco está en trabajar siempre con sensatez: con un manejo respetuoso del suelo, reducir tratamientos o buscar la eficiencia energética. Queremos que cada decisión mejore el paisaje, no solo el vino.
En cuanto a enoturismo, estamos avanzando hacia un modelo más íntimo y más cuidado. No buscamos grandes volúmenes, sino experiencias pequeñas, personalizadas, que expliquen de verdad lo que es el Bierzo y cómo trabajamos los viñedos viejos. Un tasting room especializado, maridado con productos locales sencillos y auténticos, va en esa dirección: una visita que emocione desde el corazón.
Y en nuevas experiencias, iremos hacia proyectos que conecten mejor con las nuevas generaciones: formatos más versátiles, aspectos más visuales, colaboraciones culturales y una manera de contar el vino que sea más humana y menos protocolaria. Tenemos 25 años de historia, pero lo más bonito es que seguimos con ganas de explorar con honestidad y de sorprender sin perder nuestra esencia.









