Delia Rodriguez

CEO de VESTALIA Abogados

A menudo pensamos que las mayores amenazas para una empresa proceden de la competencia, de una crisis económica internacional o de los constantes cambios del mercado.

Sin embargo, la realidad nos muestra que, en muchas ocasiones, “el enemigo” se sienta a comer en nuestra propia mesa. Y no lo digo porque la familia sea una amenaza, sino porque las discrepancias personales, si no se gestionan adecuadamente, pueden llegar a calar al ámbito empresarial, poniendo en peligro un legado que ha sido construido con sacrificio y esfuerzo durante décadas.

Precisamente, por ese componente emocional, las decisiones rara vez son puramente empresariales. Las relaciones entre padres e hijos, las rencillas entre hermanos, la aparición de las nuevas parejas, los divorcios sobrevenidos, las herencias o los desacuerdos sobre el rumbo de la sociedad terminan condicionando la gestión de la empresa.

Quizá uno de los mayores errores consiste en pensar que el hecho de compartir un vínculo familiar convierte automáticamente a una persona en la más adecuada para dirigir una compañía, y no siempre ocurre así. Ser un excelente padre, hijo o hermano no implica necesariamente reunir las capacidades necesarias para liderar una organización, tomar determinaciones estratégicas o asumir las responsabilidades que exige la actividad empresarial.

Del mismo modo, excluir a un familiar de determinadas funciones no significa necesariamente apartarlo del proyecto, sino proteger aquello que precisamente se pretende conservar pensando en el interés común.

Y es que separar lo personal de lo profesional no es una muestra de desconfianza, sino de responsabilidad. Porque cuando ambas esferas se entrelazan y confunden, los problemas empresariales terminan deteriorando las relaciones personales y, al mismo tiempo, los conflictos toman el control, condicionando la toma de decisiones dentro de la sociedad.

Una discusión doméstica puede acabar reflejándose en el consejo de administración, y una discrepancia estratégica empresarial de seguro acabará por aflorar de algún modo en las reuniones familiares navideñas. El resultado en ambos escenarios suele ser el mismo: pierde la empresa y pierde la familia. Pierden todos.

Por ello, cada vez son más las familias que optan por profesionalizar la gestión de su legado empresarial y financiero con el objetivo principal de optimizar sus recursos y activos al máximo, a la par que preservan los vínculos afectivos que unen sólidamente a los miembros de su linaje.

De esta forman, la continuidad del legado familiar pasa por confiar determinadas responsabilidades a directivos externos o a profesionales independientes que aporten objetividad y experiencia en la materia. Lejos de interpretarse como una forma de desplazar a los familiares esta decisión constituye, cuando así lo aconseja el caso concreto, la mejor garantía para salvaguardar tanto la estabilidad de la empresa como la armonía familiar.

Desde el punto de vista jurídico, además, existen herramientas que permiten anticiparse a estos conflictos antes de que llegue “la tormenta”.

Una de las más eficaces es el protocolo familiar, un documento que establece las reglas básicas que regirán la relación entre la familia y la empresa, regulando cuestiones como la incorporación de familiares al negocio, la transmisión de participaciones, los órganos de decisión o los mecanismos de resolución de conflictos. Su principal finalidad es ir un paso por delante de los problemas, evitando de este modo que las decisiones sean tomadas cuando el enfrentamiento ha tomado forma y las tensiones entre los implicados dominan el ambiente familiar.

Resulta igualmente esencial tener una adecuada planificación societaria. Los pactos entre socios, las limitaciones a la transmisión de participaciones, la creación de diferentes clases de participaciones, la configuración de órganos de administración o los pactos de reorganización empresarial permiten dotar de estabilidad a la sociedad y reducir el impacto que el conflicto familiar puede tener sobre el patrimonio empresarial.

Asimismo, la planificación sucesoria constituye otro pilar imprescindible a tener muy en cuenta. Esperar al fallecimiento del fundador para decidir quién asumirá el control de la empresa suele ser el origen de numerosos conflictos que pueden hacer tambalear a la más fuerte de las sociedades.

Por este motivo, diseñar con margen suficiente cómo va a producirse el relevo generacional, preparando además a las generaciones futuras, nos permite garantizar la continuidad del negocio al reducir notoriamente el riesgo de enfrentamientos entre herederos.

Los testamentos informados y conscientes (no estándar), los pactos sucesorios, cuando la legislación autonómica lo permita, o las donaciones inter vivos son algunas de las herramientas legales más útiles a la hora de confeccionar una planificación eficaz y con propósito, perfectamente alineada con la voluntad del testador.

Y un punto importante: todos estos instrumentos jurídicos deben estar detalladamente acompasados entre sí, siendo revisados cuando acontezcan hechos importantes que cambien la fotografía familiar.

Ahora bien, la protección no debe limitarse a la prevención de los conflictos entre los propios familiares de sangre, sino también a aquellos que pueden derivarse de la incorporación de nuevos miembros a la familia como consecuencia del matrimonio.

En este contexto, las capitulaciones matrimoniales otorgadas ante notario constituyen una herramienta jurídica de gran utilidad. A través de ellas puede pactarse un régimen económico adecuado a los intereses familiares (lo más corriente será el de separación de bienes), minimizando así el peligro de que, en caso de divorcio, el excónyuge ostente derechos económicos sobre el patrimonio empresarial que puedan generar un importante desequilibrio financiero.

Pero la protección jurídica también exige prudencia en la forma de gestionar los propios conflictos familiares. No todas las batallas merecen librarse. Dependiendo del caso, la reacción impulsiva frente a un desacuerdo con quien lidera la empresa puede provocar consecuencias mucho más graves que el conflicto inicial.

La experiencia me confirma que, ante esta situación que es el pan nuestro de cada día en la gestión de empresas familiares, la mejor estrategia de partida no consiste en alimentar el enfrentamiento, sino en actuar con inteligencia, preservar la relación y proteger el interés común.

Finalmente, la mejor empresa familiar no es solo la que crece exponencialmente y supera todos los años su facturación, sino la que además aprende a planificar, no como una obligación impuesta, sino como estilo de vida del que se impregnan todos los miembros del clan.

El Derecho nos ofrece herramientas para ordenar la sucesión, proteger el patrimonio y minimizar los riesgos derivados de los conflictos familiares, pero ninguna de ellas será verdaderamente eficaz sin la confianza, respeto y capacidad de separar el mundo de los afectos de las decisiones empresariales.