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Javier Fernández-Pacheco,

Profesor de EAE Business School

En realidad, el título de la película protagonizada por Marisa Paredes y Gabino Diego, hablaba de un verano tierno y no tórrido. Pero convendrán conmigo en que si hacemos caso a los titulares de estos días, quizás el verano no sea tierno, pero tórrido seguro que sí.

El caso es que yo buscaba refrescarme en estos tiempos estivales con la misma diligencia con que un manchego busca la sombra. Prueben a caminar cualquier día de julio, a eso de las cuatro de la tarde por un pueblo de La Mancha (yo les recomiendo Manzanares, que es el mío) y entenderán por la vía rápida lo del manchego y la sombra.

Total, que buscando como decía algo de frescor, me topé con un mercado inmobiliario que parece estar enfriándose. O al menos eso es lo que sugieren las últimas noticias sobre la firma de hipotecas en nuestro país.
Si bien los precios de compraventa y los de alquiler parecen no dar tregua por el momento, lo cierto es que el INE ha publicado una reducción de un 24% en el número de hipotecas firmadas mientras que epdata.es informa de una reducción del 11% en el de transacciones de compraventa.

¿Puede esta reducción tan drástica en el número de hipotecas, deberse a un efecto secundario producido por la subida de tipos de interés por parte del Banco Central Europeo (BCE)?

Pues no, en absoluto. No podemos decir que se trate de un efecto secundario relacionado con la subida de tipos. Y no podemos decir que sea secundario porque, sencillamente, es su objetivo principal. El objetivo del BCE a la hora de elevar los tipos de interés es reducir el número de préstamos y créditos. Bueno, en realidad reducir el importe total de éstos.

Para luchar contra la inflación, el BCE se ve obligado a reducir la cantidad de dinero en circulación en la economía. Dicho de una manera bastante simplista, pero ilustrativa, si hay menos dinero circulando, para pagar los mismos bienes y servicios, estos no podrán subir tanto de precio porque no habría dinero para pagarlos. Pero el BCE no puede ir casa por casa (o cuenta corriente por cuenta corriente), sustrayendo dinero a cada uno de los habitantes de Europa. ¿Cómo puede hacer entonces para limitar la cantidad de dinero en circulación? Pues aprovechándose del Multiplicador Monetario.

Como estamos en un sistema denominado de reserva fraccionaria, los bancos pueden prestar el dinero que depositan sus clientes con el tope del denominado coeficiente de caja. No entraré a explicar el funcionamiento del coeficiente de caja pues excedería la longitud de este artículo. Quedémonos con la idea de que, la cantidad máxima de dinero que se puede “crear” en una economía, mediante este mecanismo es igual a uno dividido por el coeficiente de caja.

Ese máximo “creado” se da cuando el dinero de cada préstamo (menos el coeficiente de caja correspondiente) se vuelve a prestar y así sucesivamente. De esta manera, si paramos el proceso en algún momento reduciendo la demanda de préstamos, estamos reduciendo la cantidad de dinero que se ha “creado” mediante este procedimiento.

El coeficiente de caja del BCE es un el 1% desde el año 2.012, lo que quiere decir que cada euro que se inyecta en el sistema puede representar un incremento de liquidez de hasta 100 € como máximo, dependiendo de cuantas veces se vaya prestando ese dinero. Pues bien, encareciendo los préstamos, se reduce ese incremento de liquidez y por ende, se ataca a la inflación.

Así pues, la reducción en el número de hipotecas no es un efecto secundario, sino que es el efecto principal que persigue el BCE. Lo que sí es un efecto secundario, es la reducción en el número de operaciones de compraventa. Pero que las políticas monetarias restrictivas acaban afectando a la economía real, es algo que ya sabíamos.