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Javier Fernández-Pacheco,

Profesor de EAE Business School

Lo razonable de verdad sería no dedicar más de un treinta por ciento de nuestros ingresos a la compra de una vivienda. Pero es que, además, lo razonable es que para un mismo piso, pagáramos menos por el alquiler de lo que supondría la cuota hipotecaria necesaria para comprarlo.

Así que no. No es razonable pagar más del cuarenta por ciento del salario medio para alquilar un piso. Lo que ocurre es que en economía vemos como ocurren, con cierta frecuencia, cosas que no son razonables. Como cuando hace unos meses se pagaba por prestar dinero. No era razonable. Y aun así lo habíamos interiorizado de tal manera, que la subida de tipos nos ha pillado con el pie cambiado.

Como tampoco es razonable la noticia aparecida estos días en los medios según la cual una profesora de Mallorca se ha visto obligada a desplazarse en avión a su centro de trabajo en Ibiza, por no poder pagar un alquiler en la isla Pitiusa.

Pero respiremos tranquilos. Que tenemos a nuestros próceres trabajando para que las aguas vuelvan a su cauce y los alquileres bajen a niveles más razonables. Aunque siendo honesto, yo no acabo de tener claro que vayamos por el camino correcto.

El camino del control de precios no está teniendo los efectos deseados y permítanme aventurar que no los tendrá. El control de precios ya se ha probado anteriormente en España. Con resultados igualmente desastrosos para el mercado del alquiler.

Tuvo que promulgarse la denominada ley Boyer en 1985 para que, poco a poco, el mercado del alquiler fuera volviendo a niveles razonables. Y digo poco a poco, porque el mercado tardó muchos años en recuperarse.

Recuerdo qué, en 1996, al conseguir mi primer trabajo, mi alquiler en Barcelona se llevaba alrededor del 70% de mi sueldo. Un sueldo que por cierto no era nada despreciable pues más que doblaba el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) de aquel momento.

Aquella situación me llevó a compartir piso con Jordi y Silvia con quienes aún mantengo una estrecha amistad. Vamos, que lo de compartir piso al inicio de la vida laboral viene de lejos.

El caso es que esos precios razonables se alcanzaron, incluidas las grandes ciudades, en el periodo que va de 2007 a 2016.

¿Qué pasó en ese periodo para que alquilar un piso no fuera tan caro?

Pues se unieron dos factores, consecuencia ambos de la burbuja inmobiliaria. Por un lado, la construcción de nuevas viviendas venía de batir récord tras récord en los años anteriores. Es decir, había una gran oferta de viviendas.

Pero es que, además, debido al estallido de la burbuja y a la falta de financiación que produjo la crisis financiera asociada a ella, no había un mercado de compraventa que pudiera absorber esa oferta por lo que, quien tenía un piso y necesitaba dinero, solo podía alquilarlo. Así que, esa gran oferta de viviendas incluía una gran oferta de viviendas de alquiler.

Con todo esto quiero decir que, para luchar con esta situación, no podemos limitar la oferta, ni aumentar la demanda, sino todo lo contrario. Aumentar la oferta y disminuir la demanda. ¿Cómo podemos hacerlo?

Aumentar la oferta no es fácil, especialmente en las grandes ciudades. A diez kilómetros del centro de Madrid o de Barcelona hay los pisos que hay. Es cierto que alguna medida adicional se puede tomar para facilitar la construcción de nuevas viviendas. Pero difícilmente a gran escala. Así que nos queda limitar la demanda.

Limitar la demanda en el centro de las grandes ciudades pasa por desviarla hacia otros lugares. Quizás sea más interesante, para tener un mercado del alquiler razonable, trabajar en la mejora del transporte público y en el fomento del teletrabajo. Aunque esto, como diría Michael Ende, “es otra historia y merece ser contada en otra ocasión”.