La inteligencia artificial está llenando Estados Unidos de centros de datos y los mercados financieros de expectativas. Su expansión moviliza inversión, impulsa infraestructuras y promete transformar la productividad. Ese avance convive con una realidad incómoda: una tecnología puede ser revolucionaria y las inversiones realizadas en su nombre resultar excesivas. Internet transformó nuestra forma de trabajar, consumir y relacionarnos, pero ese éxito no evitó el estallido de la burbuja puntocom. Acertar sobre el futuro de una innovación no garantiza acertar sobre el precio de las empresas que la desarrollan.
El impulso económico de la IA es tangible. El Informe anual 2026 del Fondo Monetario Internacional, titulado Navigating a Precarious World y publicado el 23 de septiembre, estima que las inversiones tecnológicas relacionadas con ella aportaron aproximadamente 0,5 puntos porcentuales al crecimiento del PIB estadounidense en 2025. Es una contribución relevante, aunque no permite atribuir a la IA toda la fortaleza de una economía mucho más amplia y diversificada. Tampoco equivale a una mejora de productividad de esa misma magnitud.
Su efecto inmediato desborda el software. Entrenar y utilizar modelos requiere semiconductores, servidores, edificios, refrigeración, redes y electricidad. Cada instalación moviliza proveedores y actividad. Parte del crecimiento llega antes de que las empresas usuarias hayan demostrado mejoras duraderas de eficiencia: construir la infraestructura ya genera inversión. La cuestión es si su utilización posterior justificará el desembolso.
Conviene, además, medir con rigor. Como explica el análisis The AI Buildout and the Economy, publicado el 17 de julio de 2026 en la serie FEDS Notes de la Reserva Federal, las estadísticas disponibles no permiten identificar con precisión toda la inversión vinculada a la IA. Asimismo, la mayor parte de los equipos se importa, por lo que el volumen de inversión no se traduce íntegramente en producción estadounidense. Confundir ambas magnitudes llevaría a sobreestimar su contribución al crecimiento del PIB.
El segundo impulso depende de cómo se utilice esa capacidad. La IA puede ayudar a programar, organizar información, atender clientes o acelerar tareas profesionales. Pero disponer de una herramienta no equivale a transformar una organización. Obtener resultados exige revisar procesos, formar equipos, integrar datos y verificar errores. La productividad se demuestra cuando mejora el resultado final después de contabilizar todos esos costes.
Aquí aparece el desfase que alimenta el riesgo de burbuja. La inversión se ejecuta hoy; los ingresos que deben justificarla se esperan a lo largo de los próximos años. Las valoraciones incorporan hipótesis sobre cuántos clientes pagarán, cuánto pagarán y qué márgenes conservarán los proveedores. Basta con que esas previsiones sean demasiado optimistas para que una tecnología útil se convierta en una inversión decepcionante.
La carrera competitiva añade presión. En un análisis publicado el 6 de julio de 2026 en la serie FEDS Notes, titulado “Do Major Technology Advancements Lead to Overinvestment?”, el economista Geng Li señala que el peso de la inversión estadounidense en equipos y propiedad intelectual sobre el PIB había aumentado aproximadamente 0,8 puntos porcentuales entre 2024 y el primer trimestre de 2026, acercándose al máximo del año 2000. Estas categorías incluyen inversiones ajenas a la IA, pero su aceleración presenta semejanzas con la de los años noventa.
Además, el propio progreso tecnológico puede perjudicar a algunos de sus financiadores. Modelos más eficientes y servicios más baratos pueden extender el uso de la IA y reducir simultáneamente la rentabilidad de determinadas infraestructuras. Una mayor demanda no garantiza mejores márgenes para todos. Los usuarios pueden beneficiarse mientras los inversores iniciales sufren pérdidas.
El endeudamiento puede agravar esa contradicción. Si los equipos quedan tecnológicamente superados antes de recuperar su coste, los ingresos que generan pueden disminuir mientras las obligaciones financieras permanecen. Cuando esos mismos equipos sirven como garantía de los préstamos, su depreciación también reduce la protección de los acreedores. La sostenibilidad de la inversión depende, por tanto, de que los plazos de financiación sean compatibles con la vida económica de los activos.
El riesgo aumenta cuando se entrelazan inversores, proveedores y clientes. Si una empresa recibe financiación de un proveedor y se compromete a comprar sus servicios, ambas quedan expuestas al mismo proyecto. Una demanda inferior a la prevista puede deteriorar simultáneamente los ingresos esperados, las participaciones y la capacidad de devolver deuda. El FMI ha advertido sobre estos mecanismos de financiación circular en un análisis publicado el 13 de octubre de 2026.
Una corrección podría transmitirse a la economía real mediante proyectos aplazados, menos pedidos y ajustes entre proveedores y contratistas. Su intensidad dependería del endeudamiento, de quién soporte las pérdidas y de los usos alternativos de las instalaciones. Para valorar el peligro hay que mirar los balances y los contratos, además de las cotizaciones. Para los directivos, la respuesta consiste en exigir evidencia: ingresos de clientes finales, ahorros después de incluir supervisión e integración y resistencia ante una caída de precios o una obsolescencia más rápida.
Sin duda, la IA ya contribuye al crecimiento de Estados Unidos. Su capacidad para sostenerlo dependerá de que la inversión se convierta en productividad e ingresos suficientes. El verdadero examen llegará cuando las promesas tengan que cuadrar con las cuentas.










