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Carlos González

Coordinador de Inbenta México

Cómo han cambiado las cosas desde que al valle del norte de California lo apodaron Silicon Valley. Fue el periodista Don C. Hoefler quien popularizó el término en enero de 1971, en plena eclosión de una industria que convirtió el silicio en el material estrella para fabricar semiconductores y, con ellos, la base física de la revolución informática.

Hoy, medio siglo después, las iniciativas gubernamentales para desarrollar capacidades locales en microelectrónica abren un punto de inflexión: no tanto por prometer una “autosuficiencia” total —que sería ingenua—, sino por la posibilidad real de reducir la dependencia de cadenas de suministro concentradas en Asia y ganar autonomía estratégica en una tecnología imprescindible para el avance de los sistemas digitales.

En España, parte de esa ambición se articula bajo el acrónimo PERTE (Proyecto Estratégico para la Recuperación y Transformación Económica). Y su “apellido”, Chip, pretende acelerar la concentración de talento, industria e inversión en torno a la microelectrónica: desde el diseño y la I+D hasta capacidades productivas, pasando por procesos críticos como el test y el empaquetado, que a menudo quedan fuera del imaginario popular cuando hablamos de “hacer chips”.

¿Es viable en España? ¿Qué implica de verdad? Son preguntas pertinentes, precisamente porque la tecnología —y el capital— que exige este sector no perdonan la improvisación. Pero lo relevante es que ya no hablamos solo de una hipótesis: el aterrizaje empieza a tomar forma en Galicia con proyectos como SPARC Foundry en Vigo, orientado a semiconductores fotónicos/III-V y con horizonte operativo 2027, dentro del marco de impulso público asociado al PERTE Chip.

En el fondo, esto sería un cambio de acento: un cambio de ritmo y de paso frente a la tendencia de crecer dependiendo de rutas logísticas frágiles y de una geopolítica que se reescribe a golpe de crisis. Tiempos interesantes —sí—, pero también exigentes: porque acercar capacidades productivas no es solo cuestión de voluntad política, sino de continuidad, ejecución y una estrategia industrial que piense a diez años vista.