Fundador y socio de Tactical Management & fundador y presidente de The Abrahamic Business Circle
La guerra con Irán ha devuelto al centro del tablero la fragilidad del estrecho de Ormuz. ¿Hasta qué punto esta crisis demuestra que Europa sigue dependiendo en exceso de cuellos de botella energéticos que no controla?
Europa no tiene un problema energético. Tiene un problema de control. La guerra con Irán ha devuelto al centro del tablero la fragilidad del estrecho de Ormuz. ¿Hasta qué punto esta crisis demuestra que Europa sigue dependiendo en exceso de cuellos de botella energéticos que no controla? Europa ha reducido su dependencia directa. Pero no ha construido soberanía. Y eso es lo que esta crisis deja claro.
El estrecho de Ormuz no es solo una ruta física. Es un punto de presión sistémico. Si se tensiona, suben los precios, se encarecen los seguros, se alteran los flujos de LNG y se comprime el margen de maniobra de toda la cadena energética europea.
Europa ha cambiado proveedores. No ha eliminado vulnerabilidades. La ilusión ha sido pensar que diversificar origen equivale a controlar el sistema. No es así.
Europa ha sustituido dependencia por complejidad. Y la complejidad también es un riesgo.
Si Oriente Medio vuelve a consolidarse como un foco recurrente de inestabilidad, ¿debería Europa replantearse su mapa energético y mirar con más ambición al Atlántico africano?
No es una opción. Es una obligación estratégica. El Atlántico africano ofrece tres cosas que hoy valen más que nunca: proximidad relativa, menor exposición a chokepoints críticos y capacidad de diversificación real. Europa ha cometido un error de secuencia. Ha tratado la transición energética como un proyecto tecnológico, cuando en realidad es un problema geopolítico.
La energía no es solo descarbonización. Es control, estabilidad y previsibilidad. Sin seguridad de suministro, la transición es solo una narrativa cara. El Atlántico africano no sustituye Oriente Medio. Pero reduce el riesgo de depender de él.
Y en el contexto actual, reducir riesgo es crear poder.
Usted habla de un “error estratégico europeo”. ¿En qué ha fallado exactamente Europa en esta región? ¿Hasta qué punto Guinea Ecuatorial puede presentarse hoy como un socio más relevante para Europa?
Europa no ha fallado por falta de recursos. Ha fallado por falta de continuidad. Ha estado presente de forma intermitente, reactiva, sin construir relaciones profundas ni arquitectura económica estable en la región. Mientras Europa debatía, otros ejecutaban. China no discute influencia. La construye. Rusia no negocia presencia. La impone donde puede.
Europa, en cambio, ha confundido presencia con estrategia. Guinea Ecuatorial es interesante precisamente porque rompe el esquema clásico. No es solo un país productor. Es un nodo potencial: energía, puertos, logística, conexión regional. No parte de cero. Parte de una base incompleta que puede ordenarse. Y eso es clave.
El futuro no pertenece a quien tiene recursos. Pertenece a quien los organiza mejor. Ahí es donde Europa todavía puede jugar un papel relevante. Pero ya no tiene el lujo del tiempo.
El Golfo de Guinea se ha consolidado como una región clave en términos energéticos. ¿Por qué ha ganado relevancia estratégica en los últimos años? ¿Qué papel juega esta región en el equilibrio energético global en un contexto de transición energética?
Porque el riesgo global ha cambiado. Durante años, el mercado premiaba eficiencia. Hoy premia resiliencia. El Golfo de Guinea ofrece algo que el sistema energético global necesita urgentemente: diversificación geográfica fuera de los grandes cuellos de botella. No es una región perfecta. Pero es una región necesaria.En la transición energética, además, hay una idea equivocada: que los productores fósiles pierden relevancia rápidamente. No es cierto.
El gas sigue siendo estabilizador del sistema. El petróleo sigue siendo estructural en múltiples cadenas industriales.Por tanto, regiones como el Golfo de Guinea no desaparecen. Se transforman en piezas de equilibrio.
La transición energética no elimina la geopolítica. La intensifica. Y en ese tablero, el Golfo de Guinea está subiendo posiciones.
En un contexto de tensiones energéticas globales y conflictos como el de Oriente Medio, ¿está desaprovechando España una oportunidad natural para reforzar su papel en el Golfo de Guinea?
España tiene una posición privilegiada. Pero no la está explotando estratégicamente. Tiene capacidad regasificadora, acceso atlántico, conexión natural con África occidental y una función real como puerta energética de Europa.
Pero un activo sin estrategia es solo infraestructura. España podría posicionarse como hub energético atlántico con proyección hacia el Golfo de Guinea. Eso implica algo más que importar y redistribuir gas. Implica construir relaciones, contratos, presencia empresarial y capacidad de influencia. Un hub no es el que recibe energía. Es el que decide cómo fluye. Ahí es donde España aún tiene margen. Pero no indefinidamente.
¿Puede Guinea Ecuatorial convertirse en un socio energético relevante para España y Europa o el momento para construir esa relación ya ha pasado frente a la entrada de otros actores como China?
Todavía puede. Pero la ventana se está cerrando. Ese es el punto crítico. Guinea Ecuatorial tiene activos: recursos, infraestructura, posición geográfica y margen para redefinir su modelo económico. Pero el entorno ha cambiado. China ya no está entrando. Está consolidada. Rusia está ampliando presencia en seguridad. Otros actores están ocupando espacio de forma estructural. Europa llega tarde, pero aún puede llegar. La diferencia es que ahora ya no compite en un espacio vacío. Compite en un espacio donde otros ya han invertido, construido relaciones y asumido riesgos. Por tanto, la pregunta no es si Guinea Ecuatorial puede ser socio.
La pregunta es otra: ¿Quiere Europa ser un actor estratégico o seguir siendo un espectador sofisticado? Porque en energía, como en geopolítica, el que llega tarde no paga más. Pierde control. Europa aún puede elegir su papel en el sistema energético global. Pero ya no puede elegir el momento. Ese momento ya ha empezado.










