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Jordi Van Oostenryck

Director en Underwater Gardens International

Europa ha acelerado su apuesta por la inteligencia artificial, la capacidad computacional y las infraestructuras digitales. En muy poco tiempo, los nuevos modelos de inteligencia artificial han dejado de ser una promesa tecnológica para convertirse en un factor estratégico de competitividad, soberanía industrial y transformación económica.

España ocupa una posición cada vez más relevante dentro de este nuevo mapa digital. Su conectividad internacional, el desarrollo de energías renovables, su posición geográfica y el crecimiento del sector de centros de datos la sitúan como uno de los territorios europeos con mayor capacidad de atracción para este tipo de infraestructuras. Según Spain DC, el sector podría movilizar hasta 58.000 millones de euros en inversiones en España hasta 2030, considerando impacto directo, indirecto e inducido.

Este crecimiento ha situado en el centro del debate cuestiones como el consumo energético, la eficiencia, la disponibilidad de red eléctrica o la gestión de recursos hídricos. Y es lógico que así sea. La Agencia Internacional de la Energía prevé que el consumo eléctrico de los centros de datos a escala global se duplique hasta 2030, impulsado en buena parte por la expansión de la inteligencia artificial.

Pero hay una dimensión que todavía aparece muy poco en la conversación pública: el papel del océano y de la biodiversidad marina dentro de la sostenibilidad real del futuro digital.

La inteligencia artificial puede convertirse en una gran aliada de la sostenibilidad. Su capacidad para analizar grandes volúmenes de datos, anticipar riesgos, optimizar recursos y mejorar modelos de predicción climática abre oportunidades muy relevantes para la ciencia, la economía y la gestión ambiental. También puede ayudar a monitorizar ecosistemas, interpretar datos complejos y tomar mejores decisiones en ámbitos donde hasta ahora la información era dispersa, lenta o difícil de procesar.

El reto, por tanto, no es frenar la innovación, sino dotarla de mayor profundidad ambiental. Para que el potencial de la IA se traduzca en impacto real, su desarrollo debe ir acompañado de criterios claros de medición, transparencia y responsabilidad, considerando siempre su impacto ambiental. No bastará con afirmar que una tecnología es más eficiente o más sostenible. Habrá que demostrarlo con datos, indicadores y resultados verificables, de forma que el trade-off entre capacidad tecnológica, eficiencia e impacto ambiental sea positivo y medible.

Durante los últimos años hemos hablado mucho de tecnología verde, transición digital y eficiencia. Pero no siempre hemos hablado con la misma profundidad de los sistemas naturales que sostienen esa transición. El océano genera alrededor del 50% del oxígeno que necesitamos, absorbe una parte significativa del CO₂ emitido por la actividad humana y captura cerca del 90% del exceso de calor acumulado en el planeta. No es un elemento periférico del equilibrio ambiental: es una de sus principales infraestructuras vivas.

La economía digital, además, mantiene una relación mucho más directa con el océano de lo que solemos imaginar. Buena parte del tráfico internacional de datos circula a través de cables submarinos, una red física que sostiene comunicaciones, servicios financieros, cloud computing, comercio global y buena parte de la actividad digital diaria. La Unión Internacional de Telecomunicaciones estima que los cables submarinos transportan aproximadamente el 99% del tráfico mundial de Internet.

Es decir, la nube no está solo en el aire. También está bajo el mar.

Por eso resulta insuficiente hablar de inteligencia artificial y sostenibilidad únicamente desde la eficiencia energética o la reducción de emisiones. Son aspectos esenciales, pero no los únicos. La conversación debe ampliarse hacia una mirada más completa, capaz de integrar biodiversidad, resiliencia ambiental, recursos hídricos, impacto territorial, uso del suelo, localización de infraestructuras y salud de los ecosistemas.

La IA puede aportar herramientas extraordinarias para avanzar hacia modelos más eficientes, predictivos y sostenibles. Pero su verdadero valor dependerá de cómo se integre en estrategias ambientales bien definidas. La tecnología, por sí sola, no sustituye ni al conocimiento científico ni a la planificación responsable, ni tampoco a la necesidad de proteger y regenerar los ecosistemas de los que dependemos.

También en sectores como el turismo, la sostenibilidad o la gestión territorial, la inteligencia artificial suele presentarse como una promesa de optimización. Y puede serlo. Pero la pregunta importante no es solo qué puede hacer la IA, sino con qué criterios se diseña, qué externalidades genera, qué indicadores utiliza y qué modelo de desarrollo contribuye a consolidar.

La transición digital y la transición ecológica no son procesos separados. En los próximos años estarán cada vez más conectados. La cuestión es si esa conexión se limitará a compensar impactos o si será capaz de incorporar desde el inicio criterios de regeneración, restauración ecológica y convivencia real con los ecosistemas.

En este contexto, el océano no puede seguir ocupando un lugar secundario dentro de los grandes debates sobre innovación. No solo por su importancia ambiental, sino también por su papel en la estabilidad climática, la biodiversidad, la seguridad alimentaria, la conectividad global y la resiliencia de nuestras sociedades.

La inteligencia artificial abre una etapa de enorme potencial científico, económico e industrial, probablemente una de las más transformadoras de las últimas décadas. Puede ayudarnos a comprender mejor el planeta, anticipar riesgos y diseñar soluciones más precisas. Pero si queremos que esa transformación sea verdaderamente sostenible, debemos evitar una mirada demasiado estrecha sobre la tecnología.

No basta con construir infraestructuras más eficientes. Necesitamos diseñar infraestructuras más conscientes de los territorios y ecosistemas de los que dependen.

El futuro digital también tendrá que mirar al océano. No como límite a la innovación, sino como una oportunidad para desarrollar una tecnología más conectada con los sistemas naturales que hacen posible nuestra vida, nuestra economía y nuestra capacidad de desarrollo.