España concentra el 28% del saldo migratorio positivo de la UE y sostiene su crecimiento demográfico
El país registró un saldo migratorio positivo de 582.896 personas en 2025, el más elevado de la Unión Europea y equivalente a más de una cuarta parte del total comunitario. La llegada de población extranjera compensa además un saldo vegetativo negativo de más de 121.000 personas y contribuye al crecimiento del PIB mediante una mayor incorporación de trabajadores.
Actualidad | 16/09/2026

España se ha convertido en el principal motor del crecimiento demográfico de la Unión Europea gracias a la llegada de inmigrantes.
Los últimos datos publicados por Eurostat, correspondientes al 1 de enero de 2026, muestran que el país registró durante 2025 un saldo migratorio positivo de 582.896 personas.
La cifra representa más de una cuarta parte de los 2,06 millones de inmigrantes netos que ganó el conjunto de la Unión Europea durante el ejercicio.
España absorbió alrededor del 28% del saldo migratorio positivo de la UE pese a representar aproximadamente el 11% de su población.
El país contaba con 49,1 millones de habitantes al comenzar 2025 y se aproxima ya a la barrera de los 50 millones.
España recibe más inmigración neta que Alemania y Francia juntas
La magnitud del fenómeno supera ampliamente la registrada por otras grandes economías europeas.
Alemania contabilizó un saldo migratorio positivo de 242.324 personas y Francia, de 233.329.
En conjunto, ambos países recibieron menos población por esta vía que España.
Italia registró un saldo positivo de 295.759 personas, mientras que Países Bajos alcanzó las 94.805; Bélgica, las 75.702; y Portugal, las 70.862.
El peso español en el crecimiento migratorio europeo es así más de dos veces superior al que le correspondería en función de su población.
Sin inmigración, España habría perdido población
La inmigración está compensando también el saldo vegetativo negativo de España.
Durante 2025 fallecieron 442.536 personas y nacieron 321.442, lo que dejó una diferencia negativa de 121.094 habitantes.
Sin la entrada neta de población extranjera, España habría reducido su número de habitantes.
El saldo migratorio de 582.896 personas permitió compensar este retroceso y elevar la población total en 461.802 habitantes durante el año.
De este modo, prácticamente todo el crecimiento demográfico español procede ya del exterior.
España aporta alrededor del 65% del crecimiento demográfico de la UE
La situación contrasta con la de otras grandes economías comunitarias.
Alemania sufrió una pérdida natural de 352.347 habitantes que la inmigración no consiguió compensar, por lo que terminó el año con 110.023 personas menos.
Italia registró 355.435 nacimientos y 651.830 fallecimientos. A pesar de recibir casi 296.000 inmigrantes netos, cerró prácticamente estancada, con una pérdida de 636 habitantes.
Francia mantuvo una situación más equilibrada, aunque su población aumentó en 229.709 personas, menos de la mitad que en España.
En conjunto, España aportó alrededor del 65% del incremento total de población de la Unión Europea durante 2025, que alcanzó los 705.756 habitantes.
La inmigración también impulsa el crecimiento económico
El aumento de población ayuda a explicar parte del diferencial de crecimiento de España frente a Alemania, Francia, Italia y el conjunto de la eurozona.
La llegada de cientos de miles de personas, muchas de ellas en edad laboral, aumenta la cantidad disponible de trabajo en la economía.
Esto amplía el número de empleados potenciales, las horas trabajadas, el consumo y la demanda de bienes y servicios como vivienda, alimentación, transporte o servicios.
El resultado es un impulso al PIB agregado.
Un crecimiento apoyado en una mayor cantidad de trabajo
Este fenómeno se corresponde con lo que en economía se denomina crecimiento extensivo.
Consiste en aumentar la producción mediante la incorporación de una mayor cantidad de factores productivos, en este caso principalmente trabajo, en lugar de hacerlo fundamentalmente a través de mayores avances de productividad.
Una economía puede así elevar con fuerza su PIB total sin conseguir necesariamente un aumento equivalente de la producción por habitante.
Esta dinámica permite explicar parte de la diferencia entre el fuerte crecimiento agregado de España y una mejora más limitada de indicadores como el PIB per cápita o los salarios reales.
El reto está en elevar la productividad
La incorporación de cientos de miles de trabajadores incrementa la producción total, pero también aumenta la población entre la que se reparte esa riqueza.
Para lograr avances sostenidos de la renta por habitante no basta con ampliar el número de trabajadores.
Es necesario elevar la productividad, incrementar el capital disponible por empleado y aumentar el peso de actividades capaces de generar mayor valor añadido.
La composición del empleo desempeña en este sentido un papel relevante.
Una parte importante de la nueva ocupación se concentra en sectores intensivos en mano de obra, como hostelería, turismo, comercio, construcción, agricultura, cuidados y otros servicios.
Estas actividades permiten ampliar la capacidad productiva y reducir cuellos de botella laborales, aunque muchas presentan niveles de productividad y salarios inferiores a los de sectores más intensivos en capital y tecnología.
Una mayor oferta laboral también condiciona los salarios
El fuerte crecimiento de la población activa aumenta además la disponibilidad de trabajadores para las empresas.
Esto permite a determinados sectores continuar expandiéndose sin que la escasez de mano de obra genere necesariamente incrementos salariales mucho más intensos.
La evolución de los salarios depende de numerosos factores, entre ellos la productividad, la inflación, la negociación colectiva y la composición sectorial.
No obstante, una mayor oferta de trabajadores amplía la capacidad de la economía para crecer en volumen sin que ese avance se traduzca automáticamente en una mejora equivalente de los salarios reales.
Del crecimiento extensivo al crecimiento intensivo
La inmigración está actuando como un contrapeso frente al envejecimiento y el descenso natural de la población española.
También sostiene el empleo, el consumo y la recaudación y contribuye a que el PIB avance a un ritmo superior al de otras grandes economías europeas.
Sin embargo, este crecimiento demográfico se produce al mismo tiempo que la generación del ‘baby boom’ se aproxima a la jubilación y aumenta la presión sobre ámbitos como la vivienda y los servicios públicos.
El reto para los próximos años pasa por transformar el crecimiento basado en una mayor incorporación de trabajadores en otro más apoyado en la productividad.
Para ello será necesario elevar la inversión, el capital por empleado, la formación y el valor añadido generado por cada trabajador.









