Los ojos del mundo están puestos estos días en Irán, a la espera de que puedan culminar con éxito unas negociaciones que sirvan para devolver la paz a Oriente Medio y, también, la normalidad al resto del planeta. Una normalidad anhelada de forma especial por Europa y su tejido productivo. Porque el escenario energético actual, marcado por el elevado incremento de costes, parece haber sepultado el tiempo de los suministros baratos y sitúa a muchas empresas españolas al borde del precipicio.
La pregunta que seguramente llevamos un tiempo haciéndonos tiene mucho que ver con la proyección de supervivencia: ¿Cuántos meses más pueden aguantar nuestros mercados en una dinámica de escalada crónica de precios? Las respuestas complejas suelen a estar sujetar a factores diversos. Pero uno de ellos apunta a ser diferencial en el buen sentido: la tecnología y la Inteligencia Artificial (IA) pueden convertirse en el salvavidas que blinde la competitividad del tejido empresarial nacional.
En el contexto actual debemos contemplar la posibilidad de que el mercado energético ya no vuelva a ser como antes. Y eso sitúa a Europa frente a su propia realidad. Nuestro continente sufre un claro déficit competitivo frente a Estados Unidos y Asia, agravado por la dependencia externa.
El prestigioso informe sobre competitividad publicado por el economista italiano Mario Draghi a finales de 2024 puso las cifras sobre la mesa: la industria europea paga la electricidad entre dos y tres veces más cara que la estadounidense. Y el gas natural entre cuatro y cinco veces más. A esta factura se suma el polvorín de Oriente Medio y el mar Rojo, que ha obligado a desviar un 30% del tráfico marítimo global, alargando las rutas comerciales y llegando a triplicar el coste de los fletes entre Asia y Europa en los picos de tensión.
La consecuencia directa de este cóctel geopolítico es la inflación de los costes operativos. Y si el precio de fabricar, transportar o mantener servidores encendidos se dispara, los márgenes de ganancia de las empresas se desploman. Sin embargo, frente a esta debilidad España está construyendo una fortaleza tecnológica que debe ser capaz de explotar. A falta de petróleo o gas barato, nos estamos convirtiendo en el gran hub de datos del sur de Europa.
Las cifras de inversión extranjera en la materia así lo corroboran. Amazon Web Services (AWS), por ejemplo, ya ha comprometido 33.000 millones de euros en Aragón para la próxima década. Microsoft, por su parte, ha inyectado cerca de 2.000 millones en infraestructuras de IA y Cloud en nuestro país, mientras IBM ha elegido la Comunidad de Madrid para ubicar su nueva macrorregión de datos europea. Las estimaciones del sector apuntan a que estas infraestructuras aportarán más de 10.000 millones de euros al PIB nacional en los próximos años.
A vista de ello, podemos afirmar que nuestro país cuenta con talento, medios técnicos y energía renovable para alimentar estos centros. Ahora el sector empresarial debe aprovechar esa potencia para protegerse de lo que pueda venir. Porque la ecuación para la supervivencia corporativa es estrictamente matemática: si la inestabilidad energética te arrebata un 15% de tu rentabilidad, la única vía para no perder competitividad es recuperar ese 15% a través de la hiper-eficiencia. Y es ahí donde la IA industrial y predictiva demuestra su verdadero valor.
Según los cálculos de firmas como las estadounidenses McKinsey o Boston Consulting Group, la aplicación de IA y analítica avanzada puede llegar a reducir los costes logísticos y de cadena de suministro en un 15%, así como disminuir el consumo energético industrial entre un 10% y un 20%.
Todo ello a través de herramientas de vanguardia como los gemelos digitales, que permiten a una fábrica optimizar en tiempo real el consumo de sus máquinas. O de arquitecturas de software financiero que automatizan la gestión de operativas complejas, tesorería y el análisis de riesgos en la banca, permitiendo escalar el volumen de negocio sin aumentar los costes fijos.
En definitiva, la economía europea no puede fijar el precio del barril de Brent, pero las empresas españolas sí tienen el poder de decidir cómo de eficientes quieren ser de puertas para adentro. Las que integren la IA en el núcleo de sus operaciones lograrán desvincular en gran medida su crecimiento del consumo de recursos físicos, protegiendo sus márgenes y posicionándose para el futuro. Aquellas que ignoren la reconversión tecnológica, en cambio, quedarán a merced de la próxima crisis que pueda darse en el tablero internacional. Nuestro país tiene herramientas para adelantarse a esta transición y no morir en la orilla. Es el momento de que las organizaciones den un paso al frente y se apoyen en la tecnología para recuperar el control de su destino.










