Raphael Nagel

Fundador y socio de Tactical Management & fundador y presidente de The Abrahamic Business Circle

La presidencia india del BRICS+ arrancó el 1 de enero y ha pasado casi desapercibida en las redacciones europeas. Es una distracción peligrosa. El bloque ampliado concentra ya cerca del 40 % del PIB mundial, más de una cuarta parte del comercio global y en torno al 42 % de las reservas oficiales de divisas de los bancos centrales. No es una conferencia de prensa: es una infraestructura paralela tomando forma frente a nosotros.

Durante años, “multipolaridad” fue término de seminario. Hoy es un parámetro operativo. Cualquiera que asigne capital industrial en Europa lo sabe, aunque los discursos oficiales sigan describiendo el orden internacional con el vocabulario de 1995. El Banco de Desarrollo Nuevo financia infraestructura prescindiendo de las condicionalidades del FMI. Las liquidaciones bilaterales en monedas locales —rupia-rublo, yuan-real, dirham-yuan— han dejado de ser excepción para convertirse en arquitectura cotidiana. La desdolarización no se proclama en cumbres: se contabiliza en hojas de balance.

Conviene precisar: el BRICS+ no es una alianza coherente. India y China conviven con tensiones fronterizas no resueltas; Brasil y Argentina pertenecen a tradiciones políticas opuestas; Egipto y Etiopía discuten por el Nilo. Esa heterogeneidad, paradójicamente, es su fortaleza. El bloque no exige alineamiento ideológico, solo participación en mecanismos. Ofrece, en otras palabras, lo que las instituciones de Bretton Woods dejaron de ofrecer: opcionalidad sin doctrina.

El error de la diplomacia europea ha sido leer esto como rebeldía pasajera del Sur Global, contestable con más sanciones y discursos sobre valores compartidos. Es lo contrario. Lo que se está construyendo es un sistema de salida: una vía para que las economías emergentes hagan negocios, accedan a crédito y muevan reservas sin pasar por canales sometidos al criterio político de Washington o Bruselas. Una vez existe la salida, su uso se vuelve racional incluso para socios tradicionales. Arabia Saudí, los Emiratos, Turquía o Indonesia ya no eligen bando: gestionan opciones.

¿Qué significa esto para España y para la mediana empresa europea? Tres cosas concretas.

Primero, el riesgo país pierde su antigua geografía. Un proyecto en Lagos o Yakarta puede tener hoy estructuras de financiación más diversificadas —y por tanto más resilientes ante una crisis geopolítica— que uno radicado en un país comunitario expuesto a una única zona de sanciones. El inversor que sigue equiparando “emergente” con “frágil” trabaja con un mapa de hace dos décadas.

Segundo, las cadenas de suministro críticas —tierras raras, cobalto, ciertos principios activos farmacéuticos, capacidad de refinado— ya están escrituradas en contratos que se firman, se denominan y se litigan fuera del perímetro occidental. La política industrial europea sigue debatiendo aranceles cuando la discusión seria es de soberanía contractual.

Tercero, y quizá más incómodo: el capital privado europeo necesita una doctrina propia frente a este nuevo orden. Ni alineamiento ciego con cada decisión de Washington —que penaliza a empresas que no participaron en ella— ni un cortejo ingenuo del Sur Global, que confunde apertura con ausencia de reglas. Hace falta lo que en el Mittelstand alemán se denomina operativa de doble vía: capacidad de operar en dos sistemas regulatorios simultáneos sin perder coherencia jurídica.

La presidencia india ha fijado como lema “Construyendo Resiliencia, Innovación, Cooperación y Sostenibilidad”. Es retórica, naturalmente. Pero detrás hay reuniones técnicas, bancos, monedas digitales soberanas en pruebas, corredores logísticos. El mundo multipolar no llegará un martes a las diez con una declaración solemne. Ya está aquí, sedimentándose en cada transacción que no necesita SWIFT.

A los responsables europeos les queda una decisión sencilla: entender que esto sucede, o seguir escribiendo notas a pie de página de una historia que ya no se escribe en sus capitales.