Paola Cantaboni

People&Culture Expert. Miembro de la Asociación Española de Directores de Recursos Humanos

 

 

 

La conversación sobre la seguridad psicológica en el entorno laboral ha dejado de ser un tema reservado a los departamentos de recursos humanos. Hoy es uno de los factores determinantes para que las personas permanezcan, crezcan o abandonen silenciosamente su trabajo. Pero para entender por qué esto importa tanto ahora, hay que dar un paso atrás y mirar el mundo en el que estos trabajadores viven: el mundo que el sociólogo Zygmunt Bauman describió como líquido.

Una sociedad líquida, una carrera líquida Bauman acuñó el término modernidad líquida para describir una sociedad en la que nada permanece sólido demasiado tiempo. Las instituciones, las identidades, las relaciones y los itinerarios profesionales, antes estables y predecibles, se han vuelto fluidos, impermanentes y sometidos a una renegociación constante. El viejo contrato social «sólido» –estudia, trabaja en una empresa toda la vida, jubílate con pensión– ya se ha disuelto. En su lugar: trabajo por proyectos, carreras en mosaico, teletrabajo, reciclaje profesional continuo y la inquietante sensación de que el suelo bajo los pies siempre se mueve.

Este es el telón de fondo sobre el que ha emergido la carrera líquida. Los profesionales de hoy no construyen trayectorias en línea recta: pivotan, trabajan como autónomos, se forman de nuevo, se queman, se reinventan y se mueven de forma lateral de maneras que habrían parecido caóticas a generaciones anteriores. Y, cuando la propia carrera no ofrece ninguna estructura fija, el lugar de trabajo se convierte en el único entorno donde aún puede encontrarse (o no) cierta estabilidad. Ahí es exactamente donde entra en juego la seguridad psicológica.

La brecha generacional es real, aunque matizada Los baby boomers construyeron sus carreras cuando la sociedad todavía era relativamente sólida. La jerarquía era sagrada, mostrar vulnerabilidad equivalía a un suicidio profesional y la idea de que una empresa les debiera seguridad emocional resultaba casi un lujo. Aprendieron a adaptarse, no a exigir adaptación. La Generación X vio cómo ese mundo sólido empezaba a agrietarse. Los recortes, la inestabilidad económica y el fin del «empleo para toda la vida» moldearon a una generación autosuficiente y con bajas expectativas institucionales. No reclamaban seguridad psicológica porque nunca asumieron que fuera a existir.

Los millennials fueron los primeros en darle nombre al problema. El burnout, los jefes tóxicos y la cultura del hustle performativo se convirtieron en temas de conversación mainstream gracias a ellos. Empujaron a las organizaciones hacia la transparencia, la cultura de feedback y los programas de bienestar. Fueron la primera generación en resistirse abiertamente a la marea líquida, exigiendo algún punto de anclaje en su vida profesional. La Generación Z: nacida líquida Luego llegó la Generación Z y el debate se desplazó con una brusquedad que pocos esperaban. Gen Z no entró en una sociedad líquida. Nació dentro de ella. Las redes sociales, una pandemia global, la ansiedad climática, la precariedad económica y la difuminación entre lo público y lo privado no son disrupciones en su mundo. Son su mundo. Llegaron al mercado laboral ya fluidos en el lenguaje de la salud mental y profundamente escépticos ante las instituciones que prometen una estabilidad que no pueden garantizar.

Para la Gen Z, la carrera líquida no es una crisis: es un punto de partida. Lo que buscan, en cambio, es un arraigo psicológico dentro de esa fluidez. Ponen límites sin culpa, identifican con precisión las dinámicas poco saludables y se niegan a representar el papel de estar bien cuando no lo están. Detectan al instante la distancia entre los valores declarados de una empresa y su cultura real.
Lo que las organizaciones deben comprender En una sociedad líquida, el trabajo es uno de los últimos lugares donde las personas buscan algo sólido: pertenencia, seguridad y sentido. Cuando las organizaciones no lo ofrecen, no solo pierden talento. Pierden la confianza de una generación que ya llegó siendo desconfiada.

Construir seguridad psicológica hoy significa entender que cada generación carga con una relación distinta ante la inestabilidad. Los boomers aprendieron a soportarla en silencio. La Gen X aprendió a esperarla. Los millennials empezaron a resistirla. La Gen Z se niega a fingir que no existe. Las organizaciones inteligentes no intentan que estas generaciones lleguen a un acuerdo. Crean culturas flexibles donde la seguridad psicológica no es una política fija, sino una práctica viva: adaptable, honesta y suficientemente humana para sostener a todos. En un mundo líquido, ese tipo de cultura no es un lujo. Es el único suelo firme que queda.