Javier Fernández-Pacheco

Profesor de EAE Business School

Cuentan que, en los años 80, cuando uno entraba en una tienda de ropa usada —aquellas que olían a naftalina y a baúl de los abuelos—, lo hacía con el cuello del abrigo subido y mirando de reojo por si algún vecino andaba cerca. Comprar de segunda mano era, para la mentalidad de la época, una señal inequívoca de que las cosas no iban bien en casa. Era el «patito feo» del consumo, igual que el alquiler lo fue durante décadas para el mercado inmobiliario español. Pero, como diría Bob Dylan, los tiempos están cambiando.

Hoy, entrar en una aplicación de compraventa de artículos usados no solo es socialmente aceptable, sino que se ha convertido en una suerte de deporte nacional para las nuevas generaciones. Lo que antes era «lo único que me puedo permitir», ahora llega a ser «mira qué tesoro he encontrado por la mitad de precio». Y detrás de este cambio de mentalidad no solo hay una cuestión estética o de moda; hay una lógica económica aplastante y un cambio de valores que merece la pena analizar.

El bolsillo manda (y la inflación también)

El repunte inflacionario que comenzamos a sufrir a principios de la década, y que no ha acabado de solucionarse aún del todo, sumado a un coste de la vivienda —ya sea por compra o alquiler— que devora en muchos casos más del 40% del salario medio, el margen que le queda a una pareja joven, o a una familia, para «otros gastos» es, sencillamente, raquítico. Insisto, especialmente entre la población más joven.

En este contexto, el mercado de segunda mano ha dejado de ser una opción marginal para convertirse en una “subida de sueldo” indirecta.

Piénsenlo: si usted puede comprar un carrito de bebé, una tabla de surf o un abrigo de marca en perfecto estado por un 50% o un 60% menos de lo que cuesta en la tienda, está liberando una renta disponible que puede dedicar a otras necesidades. Es, en esencia, un ejercicio de eficiencia doméstica: lograr el mismo objetivo (tener el bien) utilizando la menor cantidad de recursos posible (dinero).

Y los datos no mienten. Según un informe del Strategic Research Center de EAE Business School, el mercado de la ropa de segunda mano ya no es un nicho. Con un valor global de 120.000 millones de dólares en 2024, se espera que crezca a un ritmo del 15,4% anual hasta 2028 frente a un 5% del fast fashion.

Generación Z: del «poseer» al «recircular»

Pero no todo es una cuestión de necesidad pura y dura. Aquí entra en juego un factor generacional que a los más veteranos a veces nos cuesta entender. Para las nuevas generaciones, el concepto de propiedad está mutando. Ya no sienten ese «arraigo» por el objeto nuevo que sentían sus padres.

Para un joven de hoy, comprar una chaqueta por 40 euros, usarla una temporada y volverla a vender por 30 no es solo un ahorro de 10 euros; es una forma de consumo circular. Ven las ventajas no solo para el bolsillo, sino para un planeta que tenemos cada vez más agotado. No en vano, la industria textil es responsable del 10% de las emisiones globales de carbono.

Parece que, para ellos, la seguridad económica no pasa por acumular trastos nuevos en el armario, sino por tener la flexibilidad de cambiar de estilo o de bienes sin generar un impacto ambiental devastador. Es una búsqueda de la independencia estratégica a pequeña escala: depender menos de las grandes cadenas de producción global y más de la comunidad local y la reutilización.

¿Estamos ante una nueva burbuja de lo usado?

Convendrán conmigo en que, cuando algo se pone de moda, siempre existe el riesgo de que los precios se desmadren y estamos empezando a ver fenómenos curiosos. Hay artículos «vintage» que se venden más caros que su equivalente moderno por el simple valor de la nostalgia o la exclusividad.

Sin embargo, a diferencia de otros sectores, aquí la oferta es casi infinita. Cada trastero español es una mina de oro potencial. Lo que ocurre es que, hasta ahora, esa oferta estaba «oculta» por una mezcla de pereza y prejuicio social. Las plataformas digitales han servido para liberalizar ese suelo de nuestros trasteros, facilitando que la oferta encuentre a la demanda de manera ágil.

En definitiva

No es que los españoles nos hayamos vuelto de repente unos románticos de lo antiguo. Es que hemos comprendido que la eficiencia no es solo cosa de grandes corporaciones, sino que es una herramienta muy poderosa para mantener nuestro nivel de vida y el futuro del planeta.

A fin de cuentas, si podemos releer un libro que ya ha sido leído, utilizar un mueble que ya tiene una pátina de historia, o ponernos un abrigo con varios inviernos encima, al tiempo que nos sobra dinero para irnos a cenar, pues no hay mal que por bien no venga. A ver si, con un poco de suerte, aprendemos a valorar las cosas no por lo que cuestan en la etiqueta, sino por la utilidad que nos brindan. Que lo importante no es que el gato sea blanco o negro (o el abrigo nuevo o usado), sino que cace ratones. Y en este mercado de segunda mano, parece que los ratones —el ahorro y la sostenibilidad— están más que asegurados.