Pau García-Milà

Cofundador y co-CEO de Founderz

La ética de la inteligencia artificial suele discutirse lejos de quien la utiliza. Hablamos de los modelos, de las empresas que los desarrollan y de las normas que intentan regularlos. Todo eso importa. Pero cada día hay personas que deciden qué información comparten con una herramienta, cuánto confían en su respuesta y si la usan para tomar una decisión. La ética no termina cuando se publica un modelo. Continúa en cada uso.

La IA ya forma parte del trabajo, de las aulas, de los procesos de selección, de la atención al cliente y de la creación de contenidos. Su adopción ha dejado de ser una promesa. Según el Workforce Readiness Report 2026 de Skillsoft, el 91 % de las empresas ya utiliza inteligencia artificial en alguna de sus funciones. Sin embargo, el 56 % de los trabajadores no ha recibido formación formal desde que comenzó la adopción masiva y solo el 24 % cree que su empresa lo ha preparado bien para usar estas herramientas.

Estos datos muestran una distancia incómoda. La tecnología avanza dentro de las organizaciones mucho más deprisa que la capacidad para comprenderla. Instalar una herramienta es fácil. Aprender cuándo conviene usarla, qué información no debemos introducir y cómo comprobar una respuesta requiere tiempo y formación. El acceso a la IA no garantiza que sepamos trabajar con ella.

Podemos pedir a un modelo que redacte un informe, analice un documento o proponga una decisión en segundos. Aun así, alguien tiene que entender la pregunta, comprobar si la respuesta encaja con los hechos y valorar las consecuencias de utilizarla. La herramienta puede acelerar una tarea. No puede asumir la responsabilidad de quien firma el resultado. Por eso la alfabetización en IA ya es una competencia profesional y social.

Europa ha empezado a reconocer esta necesidad. El artículo 4 del AI Act establece medidas para impulsar la alfabetización entre quienes desarrollan o utilizan sistemas de IA. Desde agosto de este año, las autoridades pueden supervisar su cumplimiento. La definición europea tampoco se limita a aprender dónde hacer clic. Incluye comprender las oportunidades, los riesgos y las posibles consecuencias del uso de la tecnología.

El cambio parece pequeño, pero modifica la conversación. Durante mucho tiempo nos hemos preguntado qué puede hacer la IA. Ahora necesitamos decidir qué queremos hacer nosotros con ella. Una respuesta generada puede sonar convincente y estar equivocada. Puede ayudarnos a encontrar información sin ayudarnos a comprenderla. También puede convertir un error pequeño en una decisión importante si nadie revisa el resultado. Trabajar bien con IA exige conservar el criterio propio.

La educación es un buen lugar para empezar. Prohibir la IA no enseña a usarla. Dejar que los alumnos la utilicen sin orientación tampoco. La Comisión Europea y la OCDE han presentado este año un marco de alfabetización que busca que los estudiantes aprendan a comprender, utilizar y evaluar estas herramientas de forma crítica. Esa misma lógica sirve para el mundo profesional.

Una empresa puede comprar las mejores soluciones del mercado y seguir tomando malas decisiones. Ocurrirá si sus empleados no saben cuándo recurrir a ellas, cómo interpretar sus resultados o qué datos deben mantener fuera del sistema. En ese caso, la IA no reduce la complejidad. Añade una capa nueva que nadie controla del todo. La formación debe comenzar al mismo tiempo que la adopción, no después.

La responsabilidad está repartida. Las compañías tecnológicas deben desarrollar productos más seguros y transparentes. Las instituciones tienen que fijar reglas claras y proteger derechos. Las empresas necesitan crear entornos de uso responsables y el sistema educativo debe preparar a las personas para una tecnología que será cada vez más habitual. A cada usuario también le corresponde aprender, preguntar y comprobar.

No hace falta convertir a toda la población en experta en inteligencia artificial. Tampoco necesitamos conocer cada pieza de un motor para conducir. Sí debemos entender lo suficiente para usar la herramienta con criterio, reconocer sus límites y detectar cuándo una respuesta merece ser cuestionada. Una tecnología útil necesita buenos sistemas y personas preparadas para utilizarlos.

La próxima brecha puede abrirse entre quienes saben trabajar con IA de forma crítica y quienes confían en ella sin revisar nada. Hablar de inteligencia artificial responsable exige mejorar los modelos y las normas. También exige enseñar a las personas a tomar mejores decisiones con estas herramientas. La ética de la IA se programa en parte, pero se aprende cada día.