Joaquín Mouriz

Director de Marca, Comunicación y Experiencia Cliente de BNP Paribas Personal Finance

Vivimos una época que, tristemente, premia la imagen por encima de la verdad, es el trampantojo de la honestidad. Se nos enseña a construir un relato impecable de nosotros mismos, adictos al storytelling proyectamos seguridad y evitamos, a toda costa, cualquier señal de debilidad. En ese contexto, admitir un error parece una derrota. Sin embargo, reconocerlo dando la cara y asumir sus consecuencias es, probablemente, uno de los actos más valientes y transformadores que puede realizar una persona.

Errar es humano, pero ocultar el error es una decisión. Cualquiera puede equivocarse: en el trabajo, en la familia, en la amistad o en la vida pública. Lo que distingue a las personas no es la perfección, sino la forma en que responden cuando se equivocan. Hay quienes eligen el silencio, la excusa o, peor aún, la culpa del otro. Y hay quienes tienen el valor de mirar a los ojos a quienes han perjudicado y reconocer la equivocación: “Me he equivocado, lo siento y voy a repararlo”. Esa frase, tan sencilla, si se dice con convencimiento y no como parte de otro relato, sostiene algo mucho más profundo que una disculpa: sostiene la confianza.

Dar la cara implica no esconderse detrás de lo anónimo o lo ambiguo. Significa poner nombre y rostro a la responsabilidad. En el ámbito personal, puede significar admitir ante un hijo que se le ha fallado; en el laboral, reconocer ante un equipo que una decisión propia ha causado pérdidas; en la vida pública, aceptar que una promesa incumplida o una mentira tiene consecuencias reales para los ciudadanos. En todos los casos, el gesto es el mismo: renunciar al refugio cómodo de la impunidad.

Asumir las consecuencias es el segundo paso, y quizá el más exigente. Pedir perdón sin reparar el daño puede convertirse en una operación de maquillaje. La verdadera responsabilidad no termina en las palabras: se demuestra con acciones. Devolver lo que se ha quitado, corregir lo que se ha roto, cambiar la conducta que causó el perjuicio. Quien se disculpa repitiendo el mismo daño convierte el arrepentimiento en una fórmula vacía. Por eso, reconocer un error no es un acto de una sola vez, sino un compromiso sostenido en el tiempo. Hay a quienes les aterroriza admitir fallos porque creen que les hace débiles. Es una confusión profunda. La debilidad no está en el error, sino en la incapacidad de enfrentarlo. Una persona que reconoce sus fallos demuestra madurez y respeto por los demás. Sabe que su imagen no vale más que la verdad, ni su comodidad más que la dignidad de quienes han sido afectados. Al contrario, quien nunca admite nada termina aislado: su autoridad se erosiona y su conciencia carga con el peso de lo no dicho.

Además, reconocer errores es educativo, incluso terapéutico. Enseña a los hijos que nadie está por encima de la crítica y que el amor no exige perfección. En las organizaciones, crea culturas donde se aprende en lugar de castigar, donde los problemas se detectan antes de convertirse en crisis. En la política y en mundo corporativo, restaura algo indispensable y que estamos olvidando: la credibilidad. Una sociedad en la que nadie responde por sus actos es una sociedad que aprende a desconfiar de todo y de todos. Muy mal camino es ese.

Al final, afrontar y asumir nuestros propios actos es una forma de respeto: respeto por los demás, que merecen la verdad; respeto por uno mismo, que no debe vivir enmascarado; y respeto por la convivencia, que solo funciona cuando las personas responden por lo que hacen. Errar es humano, pero no nos define; lo que nos define es si al hacerlo elegimos la cobardía del silencio o la dignidad de la responsabilidad.