Gane quien gane el 3 de noviembre, Estados Unidos amanecerá al día siguiente con la misma deuda, la misma inflación y unas expectativas de beneficios igual de exigentes. Ahí, y no en el recuento, es dondo se juega el patrimonio del inversor.
Los estadounidenses vuelven a votar, aunque esta vez no eligen a quien se sienta en el Despacho Oval, sino la Cámara de Representantes y, más o menos, un tercio del Senado. Son las midterms, las elecciones de mitad de mandato con las que el país suele examinar al presidente de turno, y el examinado de este año, Donald Trump, no es precisamente de los que pasan inadvertidos. Mientras republicanos y demócratas se preparan para repartirse los escaños, en Wall Street interesa bastante más saber qué resultado le conviene al mercado. Al fin y al cabo, una cosa es votar con el corazón, otra con la cabeza y otra muy distinta con la cartera.
Hay quien da por hecho que el mercado vota republicano, por la política fiscal, por la desregulación y por la cercanía al mundo de la empresa. Pero las bolsas también han prosperado con administraciones demócratas. Los mercados no cotizan ideologías. Cotizan expectativas de beneficios, crecimiento, liquidez y tipos de interés. De ahí sale una de las paradojas más curiosas de la política estadounidense. Un Congreso dividido, que le resta al presidente capacidad legislativa, no tiene por qué ser una mala noticia para el inversor, e incluso puede ser buena, porque si no se pueden aprobar determinadas reformas se reduce la incertidumbre regulatoria, sobre todo cuando lo que el mercado teme son decisiones demasiado intervencionistas. A veces Wall Street prefiere que los políticos no puedan hacer gran cosa. Tampoco hay que idealizar el bloqueo. Cuando toca aprobar presupuestos o negociar cuestiones fiscales, esa parálisis puede acabar siendo un auténtico dolor de cabeza.
Los precedentes invitan al optimismo. La bolsa estadounidense suele comportarse bien en los doce meses que siguen a unas midterms. Varios estudios sitúan la rentabilidad media del S&P 500 en ese periodo en cifras de doble dígito, por encima de la de otras fases del ciclo presidencial. Pero que algo haya pasado muchas veces no obliga a que vuelva a pasar y la estadística no es causalidad. Las bolsas no suben porque alguien meta una papeleta en una urna. Suben cuando las perspectivas de crecimiento y las valoraciones justifican seguir comprando y ahí es justamente donde este ciclo guarda algunas de sus grandes incógnitas.
Los candidatos prometen prosperidad, rebajas fiscales y un futuro maravilloso. A la Reserva Federal le toca un papel bastante menos agradecido, que es controlar la inflación sin ahogar la economía, y de lo que decida dependen el precio del dinero, lo que pagan las empresas por financiarse, el mercado inmobiliario y, cómo no, las valoraciones de la bolsa. Cuando suben los tipos sube también la tasa con la que descontamos los beneficios futuros, y con todo lo demás constante, cuanto más alta es esa tasa menos valen hoy esos flujos. Esto pesa especialmente sobre algunas tecnológicas, cuyas cotizaciones descansan en beneficios que todavía no han llegado. La inteligencia artificial puede ser una revolución económica extraordinaria, pero eso no hace razonable cualquier precio que se pague por subirse a ella, y menos cuando sus protagonistas necesitan invertir miles de millones en centros de datos, semiconductores, infraestructuras y energía. Tener una gran historia que contar no es lo mismo que conseguir que esa historia genere caja.
El elefante republicano y el burro demócrata en la misma habitación
A mi juicio, lo que debería preocuparnos de verdad no es el reparto de escaños, sino la deuda. Estados Unidos arrastra un endeudamiento público gigantesco, con déficits que no se corrigen y unas necesidades de refinanciación que condicionan cada vez más su política económica. Y esa deuda ha seguido creciendo gobernara quien gobernara, porque unos prometen bajar impuestos, otros subir el gasto público y en ocasiones unos y otros hacen las dos cosas. La factura se va pasando al futuro y alguien, tarde o temprano, tendrá que financiarla. La deuda no se evapora. Se refinancia, se amortiza, la inflación la erosiona en términos reales o acaba obligando a ajustes fiscales y presupuestarios. Y el día en que los inversores empiezan a pedir más rentabilidad por prestar al Tesoro estadounidense, el problema deja de ser solo político y pasa a ser financiero, con tipos más altos, financiación más cara y presión sobre la valoración del resto de activos. Más que quién controle el Congreso, la pregunta es quién será capaz de poner orden en unas cuentas públicas donde gastar más de lo que se ingresa se ha convertido, por lo visto, en costumbre institucional.
Tres escenarios para Wall Street
- Si los republicanos conservan las dos cámaras, Trump tendrá más margen para sacar adelante su agenda, lo que podría favorecer a algunos sectores pero también alimentar las dudas sobre el déficit si se aprueban nuevas medidas fiscales sin financiación suficiente.
- Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes y los republicanos retienen el Senado, el Congreso quedará dividido. Habrá menos capacidad para aprobar grandes reformas y más necesidad de negociar, lo que puede traer cierta estabilidad regulatoria a cambio de un mayor riesgo de choques presupuestarios.
- Y si los demócratas se hacen con las dos cámaras, el presidente verá su capacidad legislativa todavía más limitada, con más confrontación y más riesgo de bloqueo.
Ninguno de los tres escenarios, en cualquier caso, resuelve por sí solo la deuda, la inflación ni unas expectativas de beneficios que siguen siendo muy exigentes.
Las midterms vistas desde Europa
El inversor europeo no vota el 3 de noviembre, pero buena parte de su dinero está en el país que acude a las urnas. Muchas carteras internacionales tienen un peso muy importante en Estados Unidos, sobre todo a través de índices en los que las grandes tecnológicas acaparan una porción considerable del capital, y esas tecnológicas son las mismas cuyas cotizaciones dependen más que ninguna de los tipos de interés y de unos beneficios todavía por materializar. A esa exposición se suma la divisa. Un inversor europeo puede acertar de lleno con lo que haga Wall Street después del recuento y, aun así, ver cómo se le recorta la rentabilidad al pasar de nuevo sus dólares a euros.
Es la lectura que defendemos en Fortuna SFP. La bolsa estadounidense cotiza en niveles históricamente elevados, con el S&P 500 y el Nasdaq en múltiplos exigentes y siete grandes tecnológicas que pesan ya más de un tercio del S&P 500, así que quien lo compra pensando que diversifica está más concentrado de lo que cree. En la inteligencia artificial, además, el riesgo no es que fracase, sino pagar demasiado por algo que tardará más de lo previsto en madurar. Frente a eso, Europa es la gran oportunidad, con múltiplos más bajos, dividendos superiores y catalizadores de largo recorrido como la defensa, la banca, la industria y las infraestructuras, y a ella sumamos las compañías de pequeña capitalización, los activos reales con baja correlación con la bolsa y los metales preciosos, que cumplen a la vez un papel de protección y de oportunidad. No podemos controlar el resultado de las midterms ni el de los mercados, pero sí cómo invertimos en ellos.
Apostar la cartera a qué partido controlará el Congreso sirve de poco cuando ninguno de los tres escenarios cambia lo esencial. Sirve mucho más diversificar por geografías, revisar valoraciones, vigilar la concentración sectorial y dar entrada a activos reales cuando encajen con el perfil y el horizonte de cada inversor. Una buena empresa, además, no siempre es una buena inversión. Depende del precio que paguemos por ella.
Los políticos pueden cambiar el equilibrio del Congreso cada dos años, pero los desequilibrios de la economía no se arreglan con un recuento. Ellos se juegan sus escaños. Nosotros no tenemos por qué jugarnos el patrimonio. Y la última peseta, que se la gane otro.










