Durante los últimos meses, los precios de los alimentos han seguido aumentando, aunque a un ritmo bastante más moderado que el registrado en los años de mayor inflación. En julio de 2026, los alimentos y bebidas no alcohólicas registraron una subida interanual del 1,6 % y bajaron un 0,7 % respecto a junio, según el INE. Son cifras mucho más contenidas que las que conocimos en 2022 y 2023 y, consideradas de forma aislada, podrían llevar a pensar que la presión sobre las familias está remitiendo con rapidez. Sin embargo, en enero de este año los alimentos y bebidas no alcohólicas costaban un 38,5 % más que en enero de 2020.
La OCU llega por otra vía a una conclusión parecida. Su seguimiento mensual de 100 productos registró en julio una nueva subida del 0,5 %, al tiempo que la organización recuerda que los alimentos acumulan un encarecimiento cercano al 36 % en los últimos cinco años. Por su parte, NielsenIQ (NIQ) aporta una referencia fácil de interpretar. Una cesta de gran consumo que costaba 100 euros en 2019 pasó a costar aproximadamente 133 euros en 2025.
Las cifras no son exactamente comparables entre sí porque cada organismo utiliza productos, muestras y metodologías diferentes, aunque todas apuntan en la misma dirección. Los precios suben ahora con menor intensidad, pero lo hacen desde niveles muy superiores a los anteriores a la crisis inflacionaria.
La evolución del gasto y del volumen vendido permite ver el efecto sobre el consumo. NIQ calcula que el gran consumo movió alrededor de 131.000 millones de euros en España durante 2025, un 5,8 % más que el año anterior. El volumen comprado aumentó un 2,5 % y el precio medio un 3,2 %. Durante el primer trimestre de 2026, el gasto volvió a crecer un 5,6 %, mientras la demanda lo hizo un 2,3 %.
El Ministerio de Agricultura obtiene, con otra metodología, una relación parecida para el conjunto del consumo alimentario. En 2025 el volumen creció apenas un 0,4 % y el gasto aumentó un 3,4 %, hasta alcanzar 123.694 millones de euros. Esta distancia entre valor y volumen es básica para interpretar el mercado. Una facturación creciente puede esconder una evolución bastante más modesta de las cantidades vendidas y, en los hogares, supone destinar más dinero a una cantidad que aumenta poco o que, en determinadas categorías, incluso disminuye.
Ese cambio ya se aprecia en los hábitos de compra. NIQ registró durante el primer trimestre de 2026 un aumento del 10,1 % en el número de actos de compra y una reducción del 6,8 % en las unidades incluidas en cada cesta. El consumidor acude más veces al establecimiento y compra menos producto en cada visita.
Por su parte, Kantar había detectado durante 2025 un comportamiento parecido. En el 13,6 % de las ocasiones, el consumidor acudía a más de un establecimiento durante el mismo día. La marca de distribución alcanzó una cuota del 45,9 %, después de ganar 1,7 puntos.
NIQ aporta además otros datos sobre el comportamiento declarado de los consumidores. El 44 % presta especial atención al importe total de la compra. El 38 % ha reducido el consumo fuera de casa. Un 30 % recurre a marcas más económicas o marcas de distribución, un 29 % ha dejado de adquirir determinados productos y un 23 % visita con mayor frecuencia establecimientos de descuento.
Esa mayor vigilancia del gasto se extiende este verano a otros ámbitos del presupuesto familiar. El Barómetro de Vacaciones 2026, elaborado por Europ Assistance e Ipsos, señala que el 77 % de los españoles tenía previsto viajar, tres puntos menos que el año anterior. El presupuesto medio previsto se situaba en 1.758 euros, prácticamente sin cambios respecto a 2025, mientras que al 79 % de los viajeros le preocupaban la inflación y el coste de vida en los destinos.
La duración prevista de las vacaciones también se ha reducido. La estancia media pasa de dos semanas en 2024 a 1,9 semanas en 2025 y 1,7 semanas en 2026.
ObservaTUR ofrece una imagen parecida. El 53 % de los viajeros españoles disfrutará este verano de vacaciones de una semana o menos, tres puntos más que en 2025. El presupuesto previsto queda prácticamente congelado en 737 euros por persona, frente a 739 euros el año pasado.
A esta presión sobre el presupuesto familiar se suma otro dato relevante. Según el Índice de Solvencia Familiar de la OCU, publicado en marzo de 2026 y referido a la situación de los hogares durante 2025, entre quienes pudieron disfrutar de vacaciones al 59 % le resultó difícil o muy difícil afrontar ese gasto. No sería correcto atribuir la reducción de las vacaciones únicamente al precio de los alimentos. La economía familiar funciona como un conjunto en el que vivienda, energía, transporte, alimentación, ocio y restauración compiten por unos ingresos limitados. Cuando una partida básica absorbe una parte mayor del presupuesto, el margen para las demás se reduce; por eso tiene sentido observar la alimentación y las vacaciones dentro del mismo presupuesto familiar.
NIQ registra además un desplazamiento de parte del ocio hacia el hogar. El 56 % de los españoles declara que está incrementando las experiencias de entretenimiento y consumo en casa para ahorrar frente a restaurantes y otras alternativas. Para algunas ocasiones de consumo, el hogar pasa así a competir directamente con la restauración y el ocio exterior.
Conviene detenerse aquí en una cuestión económica que suele generar cierta confusión. Que baje la inflación no significa que bajen los precios.
Supongamos un producto que cuesta 100 euros y aumenta un 2 %. El incremento es de dos euros. Después de varios años de inflación, ese mismo producto puede costar 140 euros. Si entonces sube únicamente un 1,5 %, el aumento es de 2,10 euros. La tasa de inflación es menor, pero la cantidad adicional que tiene que pagar el comprador es mayor, porque el porcentaje se aplica ahora sobre una base más alta.
Lo mismo sucede con la cesta de la compra. Si ha pasado de 100 a 133 euros, una inflación del 0 % simplemente la mantiene en 133. Para regresar al precio inicial tendría que bajar cerca de un 25 %.
De ahí que convenga distinguir entre moderación de la inflación y recuperación del poder de compra. La moderación puede producirse con relativa rapidez, mientras que recuperar capacidad de compra depende de la evolución conjunta de precios, salarios, pensiones, impuestos y del resto de ingresos y gastos de las familias.
El impacto de esta subida tampoco es igual para todos los hogares. Los datos elaborados por EAPN a partir de la Encuesta de Presupuestos Familiares muestran que el 20 % de los hogares con menor renta dedica alrededor del 18,7 % de su gasto a alimentación y bebidas no alcohólicas. En los tres grupos intermedios de renta, el porcentaje se mueve entre el 16 % y el 17,7 %, mientras que entre el 20 % con mayor renta baja al 13,9 %.
Cuando añadimos vivienda y suministros, la diferencia resulta todavía más clara. En los hogares de menor renta, ambas partidas absorben cerca del 60 % del presupuesto, mientras que en los de renta más alta representan alrededor del 43 %. Esa distancia condiciona la capacidad de reacción de cada familia. En los hogares con mayor renta, una subida de cien euros mensuales en gastos básicos reduce capacidad de ahorro o de consumo discrecional, pero normalmente existe margen para absorberla.
En los tramos intermedios se concentran varios de los cambios observados en el mercado. Se compara más, se cambia de supermercado, se aprovechan promociones, aumenta el recurso a la marca de distribución, se reduce alguna comida fuera de casa o se acortan las vacaciones.
Para los hogares de menor renta, el margen es mucho más estrecho. Alimentación y vivienda son gastos difícilmente reducibles y el ajuste termina trasladándose a la propia cesta o a otras partidas del presupuesto.
El mismo Índice de Solvencia Familiar de la OCU muestra hasta dónde llega esa presión en la cesta de la compra. Al 40 % de los hogares encuestados le resultaba difícil o muy difícil comprar carne y pescado. El porcentaje era del 31 % en frutas y verduras y del 25 % en productos básicos como pan, arroz, pasta, aceite o lácteos.
Para las empresas, estos datos tienen una lectura que va más allá de la coyuntura. El llamado consumidor medio sirve cada vez menos. La sensibilidad al precio depende de la renta, de la categoría y del peso que ese gasto tenga dentro del presupuesto familiar. Dos clientes que pagan el mismo precio pueden estar realizando un esfuerzo económico completamente distinto.
La inflación alimentaria se ha moderado y eso es mejor que volver a las tasas de hace tres años. Las familias, sin embargo, compran hoy sobre una cesta que acumula una subida cercana al 40 % desde 2020. Buena parte de los cambios de consumo observados este verano responden a ese nivel de precios.
Para las empresas, la cuestión no está solo en cuánto crece la facturación, sino en qué parte de ese crecimiento procede realmente de una mayor demanda. Mientras el nivel de precios siga muy por encima del de 2020, la presión sobre el presupuesto continuará influyendo en las decisiones de compra de muchos hogares.









