Nuno Brito Jorge, CEO de Goparity

Goparity, plataforma de inversión sostenible, ha superado los 60 millones de euros financiados en más de 450 proyectos y reúne ya a más de 60.000 usuarios de 50 países. Su CEO, Nuno Brito Jorge, analiza el crecimiento de la inversión de impacto, el papel del ahorro particular y el reto de demostrar que rentabilidad y sostenibilidad pueden avanzar de la mano.

Goparity ha superado los 60 millones de euros financiados en más de 450 proyectos. ¿En qué punto está hoy la compañía y cuáles son sus principales objetivos de crecimiento?

Hoy en día consideramos que estamos en un importante momento de crecimiento y consolidación, a la vez que la geopolítica y la economía nos indican que debemos ser cautos y estratégicos.

Como bien dice la pregunta, hemos logrado ya algo de que podemos estar orgullos, tenemos también más de 60.000 usuarios de más de 50 países diferentes, pero estamos todavía lejos de lo que queremos llegar a ser.

Mientras el impacto que hemos logrado, también del punto de vista social y ambiental ya es significativo – por ejemplo, nuestros proyectos evitan la emisión de más de 30.000 toneladas de CO₂ cada año y han generado casi 5.000 empleos – nuestro objetivo es convertirnos en la aplicación de referencia para invertir de forma sostenible, ofreciendo distintas alternativas de inversión desde una única plataforma: queremos ofrecer a los inversores distintas formas de invertir con impacto y a las empresas y proyectos sostenibles soluciones para financiación de su actividad a lo largo de toda la vida.

La adquisición de la Bolsa Social, la primera plataforma española autorizada de crowdfunding de impacto, fue más un paso en ese sentido porque nos permite incorporar la inversión en capital a nuestra oferta.

Esperamos en breve también dar el paso para la comercialización de ETFs verdes.

En un contexto en el que el inversor exige rentabilidad además de impacto, ¿hasta qué punto pueden competir este tipo de proyectos con los productos financieros tradicionales?

Creo que plantearlo como una elección entre rentabilidad e impacto es una falsa dicotomía. La cuestión real es demostrar que ambos pueden, y deben, ir de la mano.

Muchas de las opciones que actualmente ofrecen la rentabilidad más alta no crean valor real, son actividades especulativas, o están financiando proyectos con impacto negativo en la sociedad y/o el medioambiente.

Hemos analizado toda la cartera de préstamos de Goparity desde la creación de la empresa, cada euro invertido, cada devolución de capital e intereses recibida, y el valor de los préstamos que seguían vivos a cierre de diciembre de 2025, descontando las pérdidas. El resultado ha sido una rentabilidad media anual del 8,71%. Este sería el caso si todo lo que hicimos lo hubiese hecho un solo inversor, invirtiendo y reinvirtiendo ganancias en nuestros proyectos.

Este tipo de rentabilidad dejaría muy muy satisfecho a una gran porción de los inversores más cualificados.

Pero importa destacar algo importante: inversión no es algo abstracto. Sea en un fondo, aplicación o cuenta bancaria, nuestro dinero está trabajando. Y lo más probable es que se esté utilizando en parte para cosas que no aprobaríamos. Queremos cambiar esa relación con el dinero. Creemos que quien invierte debería poder conocer no solo la rentabilidad esperada y el riesgo, sino también qué está financiando y qué consecuencias tiene esa decisión.

¿Cómo se evita que la etiqueta de “impacto” o “sostenible” termine utilizándose como argumento comercial? ¿Qué criterios debe cumplir un proyecto para que Goparity considere que genera un impacto real y medible?

Probablemente es una de las preguntas más importantes para nuestro sector. El greenwashing es un riesgo real, y la mejor forma de combatirlo es con transparencia y datos reales, no con eslóganes vacíos.

En Goparity creemos que el impacto no puede basarse solo en la intención, tiene que poder medirse, verificarse y mantenerse en el tiempo. Si un proyecto nos dice que va a evitar una determinada cantidad de CO₂, tiene que demostrarnos cómo se ha calculado esa cifra, qué metodología se ha usado y qué datos lo respaldan.

Todos los proyectos que financiamos están vinculados a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, y exigimos indicadores concretos, que publicamos, para que quien invierta pueda valorar el impacto por sí mismo en lugar de quedarse con nuestra palabra.

En media, cada 1.000 euros invertidos a través de Goparity contribuyen a un impacto positivo en 14 personas y a evitar 1,6 toneladas de CO₂ al año, y cada 10.000 euros apoyan la creación de 4 empleos dignos en la economía real y la generación de 2,2 MWh de energía limpia.

También nos fijamos en los equipos que hay detrás de cada proyecto, en su experiencia, en si la solución está contrastada, en si el modelo de negocio realmente funciona.

No financiamos buenas intenciones, financiamos proyectos capaces de generar un impacto real y duradero. Por eso construimos nuestro propio marco de impacto en 2020 y lo perfeccionamos junto al AltFinLab del PNUD en 2025.

La plataforma ofrece tanto inversión mediante préstamos como participación en el capital de empresas. ¿Qué está demandando más el inversor y cómo cambia el perfil de riesgo entre ambos modelos?

Ahora mismo, el crowdlending sigue siendo nuestro modelo principal. Es más sencillo de entender, los plazos y la rentabilidad están fijados de antemano, y suele ser la puerta de entrada más fácil para quien empieza a invertir en este tipo de activos.

Aunque el crowdequity es una nueva línea de negocio para Goparity, partimos de una experiencia consolidada en este ámbito gracias a la adquisición de Bolsa Social, una plataforma con más de una década de trayectoria en inversión en capital. Su incorporación nos ha permitido sumar un equipo especializado y una comunidad de inversores con amplia experiencia, sobre los que apoyarnos para ampliar nuestra oferta y dar este nuevo paso con una base sólida.

Al analizar ambas opciones, el perfil de riesgo es distinto. El crowdequity suele atraer a quien tiene un horizonte temporal más largo y una mayor tolerancia al riesgo. El potencial de retorno puede ser mayor, pero también lo es la incertidumbre, porque el resultado depende de cómo crezca la empresa. Tiene también un lado comunitario que no tiene el crowdlending. Quienes ya aman una empresa, usan su producto o creen en lo que está construyendo, pueden llegar a ser dueños de una parte de ella, es un mensaje muy importante y que hemos aplicado para nosotros mismos: nuestra comunidad es nuestro 3er mayor accionista.

Sin embargo, en ambos modelos sabes qué estás apoyando, puedes seguir cómo evoluciona y entiendes el impacto que se está generando.

La transición energética y otros proyectos sostenibles requieren enormes volúmenes de capital. ¿Qué papel puede jugar el ahorro de los particulares en esa financiación y hasta dónde puede llegar frente al peso de bancos y grandes inversores institucionales?

La transición energética requiere enormes cantidades de capital a escala global y, por supuesto, los bancos y los grandes inversores institucionales tienen un papel imprescindible. Pero eso no significa que el ahorro de los particulares sea irrelevante. Al contrario.

En primer lugar, porque su volumen agregado es enorme. Basta con que una pequeña parte de ese ahorro se canalice hacia proyectos de impacto para movilizar miles de millones de euros.

Como ejemplo, según el Eurostat, existen hoy más de 13 mil millones de euros parados en las cuentas bancarias de las familias europeas. En segundo lugar, porque la financiación participativa aporta algo más que dinero. Cuando cientos o miles de personas respaldan un proyecto, se crea también una comunidad alrededor de él. El conocimiento de las personas, su apoyo y su contribución a amplificarlo, o, dicho en otras palabras, el capital social, puede ser muy valioso.

Existe además una cuestión de acceso. Durante décadas, buena parte de las inversiones en energía, infraestructuras o determinados proyectos agrícolas han estado reservadas a inversores institucionales o grandes patrimonios. Nosotros creemos que cualquier persona debería poder participar en esa transformación desde cantidades accesibles y, si el proyecto tiene éxito, beneficiarse también económicamente de ella.

La transición no puede hacerse sin las personas, y poco a poco políticos e instituciones se van dando cuenta. Por eso en algunas comunidades autónomas de España, y en algunos países de Europa, se obliga a que los grandes proyectos de energía incluyan la oferta de inversión a las comunidades locales.

Por último, algunas tecnologías, como por ejemplo la energía solar, disponen de una madurez y competitividad que les permite ser rentables a diferentes escalas. Como todos sabemos, tiene un mayor impacto ambiental instalar 100 centrales solares de 100kW en tejados que una central solar de 10MW en el suelo. Por todo esto no creo que el futuro consista en elegir entre bancos o inversores institucionales y ciudadanos. Necesitamos a ambos. Los grandes actores aportan escala y capacidad financiera; el capital de los particulares aporta diversificación, participación y una conexión mucho más directa entre la ciudadanía y la transformación de la economía.

Si miramos a los próximos cinco años, ¿cree que seguiremos hablando de la inversión de impacto como una categoría específica o terminará integrándose de forma natural en cualquier decisión de inversión?

Me gustaría que, dentro de cinco años, hablar de “inversión de impacto” empezase a resultar casi redundante. Toda inversión genera un impacto, positivo o negativo, y creo que ese factor debería analizarse con la misma naturalidad con la que hoy analizamos la rentabilidad o el riesgo.

Probablemente seguiremos necesitando el término durante algún tiempo porque todavía existe una distancia importante entre las declaraciones y la práctica. Hay muchas instituciones que han incorporado la sostenibilidad a su discurso, pero eso no significa necesariamente que hayan transformado de la misma manera sus decisiones de inversión.

También es verdad que la regulación exige cada vez mayor transparencia, que muchos inversores quieren entender mejor qué financia su dinero y que los riesgos climáticos y sociales están pasando a formar parte del análisis financiero convencional pero el panorama geopolítico internacional nos hace pensar que tardaremos muchos años hasta que la utilización del dinero y el impacto positivo vayan de la mano.

En ese contexto, plataformas como Goparity pueden anticipar una manera diferente de entender la inversión, más transparente, más trazable y más conectada con la economía real. Nuestro objetivo es bastante concreto: conectar el capital de los ciudadanos con soluciones que ya están transformando la economía y demostrar que rentabilidad económica e impacto positivo pueden formar parte de una mism