Miguel Ángel López Gómez

Docente de EAE Business School

Lo indispensable se ha convertido en inaccesible para una gran parte de la sociedad. La vivienda vuelve a convertirse en una línea divisoria entre quienes pueden construir patrimonio y quienes quedan atrapados en el alquiler. El fuerte encarecimiento de los inmuebles, unido a la subida de los tipos de interés registrada durante los últimos años, ha reducido de forma drástica la capacidad de compra de miles de familias. Hoy, acceder a una vivienda no depende únicamente de tener un empleo estable o unos ingresos suficientes; exige un nivel de ahorro y una solvencia que cada vez menos hogares pueden acreditar.

Lo indispensable se ha convertido en inaccesible para una gran parte de la sociedad. La vivienda vuelve a convertirse en una línea divisoria entre quienes pueden construir patrimonio y quienes quedan atrapados en el alquiler. El fuerte encarecimiento de los inmuebles, unido a la subida de los tipos de interés registrada durante los últimos años, ha reducido de forma drástica la capacidad de compra de miles de familias. Hoy, acceder a una vivienda no depende únicamente de tener un empleo estable o unos ingresos suficientes; exige un nivel de ahorro y una solvencia que cada vez menos hogares pueden acreditar.

Durante décadas, comprar una vivienda fue uno de los principales objetivos económicos de las familias españolas. Sin embargo, ese modelo comienza a resquebrajarse. La escalada de los precios inmobiliarios ha superado ampliamente el crecimiento de los salarios y ha coincidido con el mayor endurecimiento de la financiación hipotecaria desde la crisis financiera de 2008. El resultado es un mercado donde cada incremento del precio de la vivienda provoca que miles de compradores se queden fuera.

La tormenta perfecta comenzó cuando los Bancos Centrales subieron los tipos de interés para combatir una inflación desbocada. En apenas unos meses, las cuotas hipotecarias aumentaron de forma significativa y, ante el temor a un impacto negativo en el crecimiento económico, los bancos endurecieron sus criterios de concesión. Mientras tanto, lejos de corregirse, los precios de la vivienda continuaron escalando impulsados principalmente por tres factores: una oferta considerada insuficiente, el crecimiento demográfico concentrado especialmente en determinadas zonas y el atractivo del ladrillo como activo de inversión.

La consecuencia ha sido devastadora para quienes intentan comprar una vivienda. Una familia que hace cinco años podía acceder a un inmueble de 300.000 euros con un determinado nivel de ingresos necesita hoy afrontar una operación que puede superar ampliamente los 400.000 euros. Esa diferencia no solo exige pagar más cada mes. Requiere disponer de mucho más dinero desde el primer día: obliga también a contar con decenas de miles de euros adicionales para cubrir el importe de la entrada, los impuestos y los gastos asociados a la compra.

El ahorro, la nueva barrera de accesoEl ahorro, la nueva barrera de acceso

La dificultad para reunir el ahorro necesario se ha convertido en el principal cuello de botella del mercado inmobiliario. Las entidades financieras continúan financiando, por norma general, hasta el 80 % del valor de la vivienda. Eso significa que el comprador debe aportar el resto con recursos propios. Cuando los precios aumentan un 20 %, un 30 % o incluso más en determinados mercados, la cantidad exigida para acceder a una vivienda también se dispara. Para muchas familias, reunir entre 70.000 y 100.000 euros antes de firmar una hipoteca resulta simplemente inalcanzable. Y mientras ese ahorro tarda años en construirse, el precio de la vivienda continúa creciendo, alejando aún más la meta.

La capacidad de compra se reduce aunque aumenten los salarios

Uno de los efectos menos visibles de esta situación es la pérdida de poder adquisitivo inmobiliario.

Muchos trabajadores ganan hoy más que hace cinco años. Sin embargo, ese incremento salarial es inferior a lo que ha aumentado el precio de las viviendas. Los ingresos han evolucionado muy por debajo del precio de los inmuebles. A ello se suma que, durante buena parte de los últimos años, el coste del dinero también ha sido más elevado y las entidades financieras han reducido el importe máximo que estaban dispuestas a prestar.
El resultado es una realidad que empieza a repetirse en toda España: compradores que renuncian a determinadas zonas, reducen los metros cuadrados que buscaban o aplazan indefinidamente la decisión de adquirir una vivienda.

Una generación atrapada entre el alquiler y la propiedadUna generación atrapada entre el alquiler y la propiedad

Los jóvenes representan el rostro más visible de esta transformación. Acceden más tarde al mercado laboral, acumulan menos ahorro y destinan una parte creciente de sus ingresos al alquiler. Esa combinación dificulta reunir el capital necesario para comprar una vivienda y genera un círculo difícil de romper: cuanto más tiempo permanecen en el alquiler, menor es su capacidad de ahorro; cuanto menor es el ahorro, más se retrasa el acceso a la propiedad.

Mientras tanto, quienes ya poseen una vivienda ven cómo el valor de su patrimonio continúa aumentando, ampliando la distancia económica entre propietarios y futuros compradores. El mercado inmobiliario deja así de ser únicamente un espacio de compraventa para convertirse en un factor que condiciona la movilidad social y la acumulación de riqueza.

La vivienda, el nuevo termómetro de la desigualdad

La vivienda se ha convertido en uno de los mayores desafíos económicos y sociales del país. Lo que antes era una decisión vinculada al esfuerzo y al ahorro empieza a depender, cada vez más, del patrimonio previo, de la ayuda familiar o de haber comprado antes de la gran escalada de precios.

Cada punto porcentual que sube el precio de la vivienda reduce el número de hogares capaces de comprar. Cada incremento del coste de financiación estrecha aún más ese grupo.

La consecuencia trasciende el mercado inmobiliario. Retrasa la emancipación, condiciona la formación de nuevas familias, limita la capacidad de ahorro y amplía la brecha entre quienes ya tienen una vivienda y quienes siguen intentando acceder a ella.

Porque el mayor problema ya no es cuánto cuesta una hipoteca. El verdadero problema es que, para una parte creciente de los españoles, la vivienda ha dejado de ser un proyecto alcanzable para convertirse en un objetivo que se aleja cada año un poco más.

La puerta de la vivienda se ha convertido en la puerta más difícil de abrir para toda una generación: la generación mejor formada es también la que más dificultades tiene para acceder a una vivienda.