fdhmgmf

Martí Pachamé

Profesor de EAE Business School

En política económica, las decisiones importantes rara vez consisten en elegir simplemente entre intervenir o dejar que actúe el mercado. La cuestión suele ser bastante más incómoda: cuándo intervenir, a quién proteger, con qué instrumento y durante cuánto tiempo.

El encarecimiento de la energía provocado por la crisis de Oriente Medio colocó al Gobierno ante uno de esos dilemas. Un aumento brusco del petróleo, del gas o de la electricidad no queda confinado al recibo energético. Entra en la estructura de costes de las empresas, se traslada al transporte y acaba apareciendo, con distinta intensidad y velocidad, en buena parte de los bienes y servicios que consumimos.

La respuesta española combinó rebajas fiscales y ayudas directas. El paquete aprobado en marzo fue valorado inicialmente en unos 5.000 millones de euros. La estimación posterior del impacto presupuestario directo de las medidas lo sitúa ya alrededor de los 4.200 millones, aproximadamente el 0,25 % del PIB, sin incluir determinadas inversiones de largo plazo vinculadas a la transición energética.

La cifra es elevada, aunque su tamaño no basta para determinar si la política ha sido acertada. Ante una perturbación energética intensa, no hacer nada también tiene un coste: pérdida de poder adquisitivo, deterioro de los márgenes empresariales, menor inversión y, en los casos más graves, destrucción de empleo. Por eso, una intervención temporal podía estar justificada. La discusión relevante comienza después. No se trata de decidir si ayudar es bueno o malo, sino de comprobar si el mecanismo elegido ofrece la máxima protección económica y social con el menor coste posible.

La rapidez tiene un precio

Las rebajas generales de impuestos tienen una ventaja evidente: pueden aplicarse con rapidez. No requieren identificar previamente a cada beneficiario, comprobar su renta o tramitar millones de solicitudes. Cuando se reduce el IVA de la electricidad o el impuesto especial que grava su consumo, el alivio puede llegar a la factura en cuestión de días.

El paquete de marzo redujo temporalmente del 21 % al 10 % el IVA aplicable a los contratos de electricidad con potencia contratada inferior a 10 kW y a los perceptores del bono social, y situó el Impuesto Especial sobre la Electricidad en el 0,5 %. También incorporó medidas sobre los hidrocarburos y ayudas directas para actividades especialmente expuestas, como el transporte, la agricultura, la ganadería, la pesca y determinados sectores industriales.

Era una respuesta comprensible en el momento más agudo de la crisis. El propio Banco de España estimó que, sin estas medidas, la inflación de 2026 podría ser unas cinco décimas mayor; a cambio, las propias medidas elevan en unas tres décimas el déficit público previsto para este ejercicio. La rebaja de la factura energética preserva renta disponible, reduce costes empresariales y sostiene parcialmente el consumo y la inversión. Pero la rapidez administrativa suele ir acompañada de una focalización deficiente. Una reducción general del impuesto sobre los carburantes beneficia tanto al transportista que depende del vehículo para trabajar como al consumidor de renta elevada que podría asumir el encarecimiento sin alterar sustancialmente su nivel de vida. Y, en términos absolutos, quien más consume puede recibir una ayuda mayor.

Esto no significa que las rebajas fiscales sean siempre equivocadas. Significa que su utilidad puede ser distinta según el momento. Una medida amplia y sencilla puede tener sentido durante las primeras semanas de una emergencia. Resulta más difícil justificar que se mantenga sin cambios cuando la Administración ya dispone de tiempo e información para identificar mejor a los colectivos afectados. A medida que se prolonga la crisis, las ayudas deberían ganar precisión. La política económica no puede permanecer indefinidamente en modo de urgencia.

Los 4.200 millones no son toda la historia

Existe, además, un efecto fiscal que conviene no ignorar. El aumento de los costes energéticos termina trasladándose, en mayor o menor medida, al resto de los precios y a las rentas nominales. Aunque las rebajas fiscales moderen inicialmente ese impacto, una parte de la inflación retorna al Estado mediante el IVA y otros impuestos calculados sobre valores monetarios más elevados. En el IRPF, cuando salarios y pensiones aumentan nominalmente pero no se actualizan plenamente los tramos, mínimos y deducciones, aparece la denominada progresividad en frío: el contribuyente puede soportar una carga mayor sin haber ganado capacidad adquisitiva real. Por eso, el coste bruto de las ayudas debería analizarse junto con el incremento de recaudación asociado a la propia inflación, aunque ese ingreso adicional tampoco sea gratuito, porque el encarecimiento acaba elevando también el gasto público.

Los datos recientes ilustran la importancia de esta interacción. Los ingresos tributarios alcanzaron los 325.356 millones de euros en 2025, un 10,4 % más que el año anterior, mientras que el PIB nominal creció un 5,8 %. La recaudación por IRPF aumentó un 10,1 % y la del IVA un 9,9 %, aunque en esa evolución influyeron también el crecimiento del empleo y las rentas, los cambios normativos y la recuperación de tipos impositivos que habían sido reducidos anteriormente.

No sería riguroso afirmar que toda esa recaudación adicional compensa las ayudas energéticas. Tampoco lo sería presentar los 4.200 millones como si se produjeran en un sistema fiscal estático. Para conocer el coste económico real hay que contemplar simultáneamente la pérdida de ingresos provocada por las rebajas, el gasto derivado de las subvenciones y el aumento nominal de otras bases tributarias. Ese análisis neto rara vez cabe en un titular, pero es imprescindible para valorar correctamente la política aplicada.

El riesgo de que lo temporal se vuelva permanente

La experiencia demuestra que las ayudas resultan mucho más fáciles de aprobar que de retirar. Cuando una rebaja fiscal se incorpora al precio cotidiano de la energía, su desaparición se percibe como una subida de impuestos, aunque desde el principio se hubiera presentado como una medida excepcional. Con las subvenciones empresariales sucede algo parecido: una vez integradas en las previsiones de tesorería, su retirada genera resistencia.

El segundo paquete aprobado a finales de junio confirma que la respuesta está entrando en una nueva fase. El Gobierno ha cuantificado sus medidas adicionales en 1.825 millones de euros durante 2026, a los que añade una menor recaudación estimada de 2.700 millones en 2027 y 2028 por la reducción progresiva del impuesto sobre el valor de la producción eléctrica hasta su eliminación.

No pueden sumarse mecánicamente estas cantidades a los 4.200 millones, porque proceden de metodologías, periodos y conceptos diferentes. Algunas medidas prolongan actuaciones anteriores; otras modifican impuestos con efectos plurianuales. Sin embargo, la dirección es evidente: la intervención está adquiriendo mayor duración y profundidad fiscal. Eso exige una estrategia de salida creíble. Una ayuda temporal debería incorporar desde el principio una fecha de finalización, unas condiciones de revisión y un indicador que determine su retirada o prolongación. No basta con anunciar que se mantendrá “mientras sea necesario”, porque esa expresión deja abierta una discrecionalidad excesiva y facilita que lo extraordinario acabe consolidándose.

La gradualidad puede ser razonable. Retirar de golpe todos los apoyos cuando los precios siguen siendo elevados podría reactivar la inflación y provocar problemas de liquidez en empresas viables. Pero gradualidad no debe confundirse con permanencia. Prorrogar una medida exige demostrar que continúa resolviendo un problema que no puede abordarse de forma más eficiente.

Proteger empresas viables, no congelar la estructura productiva

Las ayudas empresariales plantean otro dilema. Una empresa eficiente puede sufrir pérdidas temporales porque la energía multiplique su precio de manera imprevisible. Protegerla durante un shock excepcional puede evitar la desaparición de capital productivo, conocimiento y empleo que serían costosos de recuperar.

Pero las subvenciones también pueden sostener actividades que ya presentaban problemas de productividad antes de la crisis. Si la ayuda se prolonga sin condiciones, el Estado corre el riesgo de conservar artificialmente estructuras empresariales que deberían transformarse.

La distinción entre ambas situaciones no es sencilla, pero puede aproximarse mediante un mejor diseño. Las ayudas tendrían que relacionarse con el sobrecoste energético efectivamente soportado, limitarse a empresas solventes antes de la perturbación y estar condicionadas al mantenimiento de la actividad y del empleo durante un periodo razonable. La normativa aprobada vincula algunas ayudas directas a determinadas obligaciones empresariales y prevé su reintegro en caso de incumplimiento. También contempla el seguimiento de la evolución de los precios, los márgenes comerciales, el comportamiento de los consumidores y el coste recaudatorio de las medidas.

Ese seguimiento será útil solo si conduce a decisiones. Evaluar una política pública no consiste en publicar cuántos beneficiarios han cobrado la ayuda o qué porcentaje del presupuesto se ha ejecutado. Hay que determinar cuánto de la rebaja llegó al precio final, cuántas empresas preservaron su actividad gracias al apoyo y qué parte de los fondos terminó beneficiando a hogares o compañías que podían absorber el shock sin asistencia.

También debería preguntarse qué se ha hecho para reducir la exposición futura. Una empresa que recibe dinero público por el aumento del coste energético tendría que encontrar incentivos para invertir en eficiencia, electrificar procesos o diversificar sus fuentes de suministro. De lo contrario, se estará financiando hoy la misma vulnerabilidad que obligará a intervenir de nuevo mañana.

La política social no consiste en ayudar a todos por igual

Las medidas universales suelen tener una ventaja política: prácticamente todos los ciudadanos perciben algún beneficio. Sin embargo, una política no es más social por tener más receptores. Los hogares de renta baja destinan una proporción mayor de sus recursos a la energía y disponen de menos ahorro para absorber una subida inesperada. Una transferencia directa bien diseñada puede protegerlos mejor y con un coste inferior al de reducir el precio para toda la población. El Banco de España ha insistido en que, dado el coste presupuestario de estas medidas, deberían ser temporales, selectivas y centrarse en los colectivos más vulnerables.

La focalización tampoco está exenta de problemas. Puede generar burocracia, dejar fuera a personas que cumplen materialmente los requisitos, pero no figuran correctamente en los registros o retrasar la llegada del dinero. Por eso no hay una solución completamente limpia.

La alternativa razonable es combinar instrumentos. En la fase inicial, pueden utilizarse medidas amplias que actúen con rapidez. Después, esas rebajas deberían ir reduciéndose mientras se refuerzan las transferencias dirigidas a los hogares con menor renta y las ayudas condicionadas a las empresas realmente expuestas. No es una elección entre mercado y Estado. Es una cuestión de calidad institucional.

Una factura que exige resultados

La disciplina fiscal no implica permanecer inmóvil ante una crisis. Un Estado solvente debe poder utilizar sus recursos para evitar daños económicos y sociales graves. Precisamente por eso debe conservar margen presupuestario y no convertir cada actuación extraordinaria en un compromiso permanente. Tampoco la sensibilidad social debería medirse por el volumen anunciado en una rueda de prensa. Gastar más no garantiza proteger mejor. En ocasiones, una ayuda menor, bien seleccionada y pagada a tiempo produce más bienestar que una rebaja general mucho más costosa.

Los 4.200 millones representan una intervención importante y, dadas las circunstancias, parcialmente justificada. Han moderado la inflación, protegido renta disponible y reducido el impacto inmediato sobre sectores vulnerables al encarecimiento energético. Pero esos efectos positivos no eximen de analizar sus limitaciones. La siguiente etapa debería basarse en tres principios: sustituir progresivamente las medidas generales por apoyos más selectivos, condicionar las ayudas empresariales a la viabilidad y la adaptación, y publicar una evaluación transparente del coste neto y de los resultados obtenidos. Intervenir era razonable. Mantener sin revisión los mismos instrumentos no lo sería.

La verdadera medida del éxito no será cuánto dinero se movilizó, sino cuántas familias evitaron una pérdida grave de bienestar, cuántas empresas viables sobrevivieron y cuánto se redujo la vulnerabilidad energética de la economía española. Todo lo demás —incluida la cifra de 4.200 millones— es solo el punto de partida.